El Anfiteatro de la Facultad de Medicina


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Walter Gómez Urrego. 2014.

Una visita guiada

A través de la historia de la humanidad, todo lo relacionado con la anatomía y su estudio en cadáveres ha estado rodeado de mitos y especulaciones que van desde el tráfico de cadáveres en el medioevo y en la época victoriana, hasta las macabras historias sobre una universidad de Barranquilla de la cual se cuenta que pagaba a sicarios para matar indigentes y llevar sus cuerpos al anfiteatro. Esta no es una de esas extraordinarias historias. Es solo la visión personal de un profesor de anatomía que ha vivido prácticamente la mitad de su vida relacionándose con esos seres humanos que todos los días nos enseñan y que son los verdaderos docentes. Se trata de una visita guiada por la historia del Anfiteatro de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia.

La primera vez que vi un cadáver —que yo recuerde— fue cuando tenía diez años a instancias de mi padre, quien, teniendo en cuenta que me gustaba la medicina y que en muchas ocasiones me había oído decir que quería ser médico, había arreglado lo necesario para que asistiera a la práctica de una necropsia médico legal en la morgue del cementerio de Duitama. La sensación no la recuerdo muy bien. Creo que lo que más me llamó la atención de aquella sesión, a la que mi padre me llevó para ver si «tenía tripas» para ser médico, fueron precisamente las tripas del paciente. Me parecieron infinitas, pero nada más. Ni siquiera me olió a carnicería, a fama.

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Fotografía por Walter Gómez Urrego. Anfiteatro Universidad Nacional de Colombia. 2014.

Años más tarde, cuando me presenté a la carrera de medicina en varias de las universidades del país, cuando terminé mi examen de admisión en la Universidad Industrial de Santander en Bucaramanga, no sé por qué razón un muchacho de apellido Blanco —también de Duitama— y yo terminamos visitando el anfiteatro de la UIS. En esa ocasión, la impresión fue mucho más fuerte. Por una parte, fue la primera vez que estuve en contacto real con el picante olor del formaldehído mezclado con el de los organismos muertos y, por otra, quien va a Santander y no come cabrito y carne oreada, no está en nada, y fue esa similitud de aspecto entre la carne oreada y los músculos de los cadáveres la que me impresionó tanto. En ese momento no me imaginé que algún día, y una decena y media de años después, esa presencia sería mi compañera de trabajo de todos los días. Cuando tuve que enfrentarme por primera vez, de verdad con un cadáver, ya siendo estudiante de medicina, me desmayé, perdí el sentido.

Sin embargo, aquí estoy hablando de cadáveres no de la muerte. El concepto de muerte implica algo más profundo y personal. Tal vez la primera idea que tengo de la muerte es la de mi abuela materna. Cuando la señora María Méndez murió, yo apenas la había visto un par de veces. Yo tenía cuatro o cinco años y desde entonces la muerte para mí significa algo así como la desaparición personal, afectiva. Alguien estaba y ya no está ni va a estar jamás. Después un carro mató a una vecina, la hija del carpintero que vivía a media cuadra de mi casa. Hasta que esa aproximación fue más, mucho más intensa cuando murió mi hermano a sus once años, yo tenía nueve y con el transcurso del tiempo vi morir una importante cantidad de amigos y seres queridos, tíos, primos, mi suegra, mi madre… la muerte es otra cosa.
Para nosotros los anatomistas, muerte y cadáver son cosas paradójicamente diferentes. Cuando estamos frente a un cadáver, estamos frente a un libro abierto que nos enseña cosas. Un cadáver es como una fotografía. Un cadáver no es la muerte, es la vida detenida en un instante y para siempre. Estudiar anatomía es como ver una foto, estudiar medicina es como ver la película completa, con sus tres actos: un planteamiento, un clímax y un desenlace con uno o varios falsos finales, pero con una terminación real que siempre es la misma.
En la morgue del Hospital San Juan de Dios, había un letrero que decía: «Este es el lugar en el que los muertos enseñan a los vivos». Tal vez, en algún momento, un profesor, cuando éramos estudiantes de patología, nos dijo quién había sido el autor de la sentencia o a quién se la habían copiado más o menos textualmente. Pero original o no, encerraba una gran verdad: ese cadáver-fotografía está allí en silencio, enseñándonos todo lo que tiene. Es el primer contacto que el estudiante de medicina tiene, profesionalmente hablando, con un ser humano. Es su primer paciente, es su primer contacto con la muerte pero también con el compromiso por la vida.

En una época, que ahora parece lejana, ese primer acercamiento era diferente. Cuando un estudiante entraba a la Facultad de Medicina a la cátedra de anatomía, lo primero que ocurría era que le entregaban una carta dirigida al administrador del Cementerio Central para que le entregaran un esqueleto. Entonces comenzaba una ceremonia francamente macabra, que más bien debería llamarse liturgia. El estudiante iba al cementerio para que de la fosa común un empleado sacara la osamenta de algún difunto de los denominados NN o de alguno de los restos que no habían sido reclamados después de terminar el contrato de arrendamiento de la bóveda respectiva. El funcionario lo empacaba en un costal y llevaba los restos a la casa o a otro lugar más adecuado para lo que seguía: limpiar los huesos de sus restos blandos. Esto se hacía cocinándolo en agua con cal para aflojar los restos y blanquear los huesos. Luego de esto, el oficiante podía considerarse «bautizado» como estudiante de medicina.

* * * *

La llegada al Anfiteatro de la Universidad Nacional de Colombia fue una experiencia inolvidable. Cuando entré por primera vez, la sensación fue única. El acceso estaba compuesto por una puerta grande de madera pintada de color gris que constaba de dos hojas. Una de ellas estaba siempre cerrada y la otra se abría al vestíbulo de los laboratorios de histología al lado de la entrada alterna al auditorio 121, detrás de la cual aparecía un gran corredor central de cuatro metros de ancho por veinticinco de largo que, comenzando allí, terminaba en otra gran puerta de color gris, corrediza, la cual prácticamente nunca se abría. A lado y lado del corredor central había un par de hileras de casilleros verdes que iban de punta a punta y solo se interrumpían por tres espacios a cada lado. Estos marcaban los accesos de vaivén e incompletos por encima y por debajo, como los de los bares de las películas del oeste norteamericano, a los seis cubículos de disección.

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Anfiteatro 1. Archivo Familia Bohórquez.

Al atravesarlos, se encontraba uno en el sancta sanctorum de la anatomía: los recintos que, como el resto del anfiteatro, alcanzaban unos cinco o seis metros de profundidad y en su parte más alta estaban rematados por vidrios traslúcidos pero martillados para tener una buena iluminación. Con estos se alternaba uno que otro ventilador que se encendía cuando el olor del recinto era demasiado fuerte. En una de las paredes había un tablero de madera verde con una cajita para guardar las tizas y el borrador; en otra, la puerta; y en las otras dos, lavamanos quirúrgicos de los que se accionan con la pierna. Las paredes estaban enchapadas parcialmente por unas baldosas de unos 50 por 50 cm de porcelana amarilla que fueron especialmente fabricadas en Italia y traídas para la construcción de los anfiteatros en los años 30 o 40 del siglo pasado. En esa época, se construyeron dos anfiteatros, cada uno con su respectivo auditorio para las clases. Al interior de cada cubículo de disección había nueve mesas de acero inoxidable simétricamente distribuidas: en seis de ellas reposaban cadáveres y huesos en las otras tres.

Las prácticas de anatomía consistían básicamente en la disección de cadáveres. Para esto utilizábamos unas guías de disección escritas por los profesores de la asignatura en las que se nos daban instrucciones acerca de cómo proceder sobre las diferentes regiones del cuerpo humano mediante técnicas que permitían exponer la mayor parte de las estructuras anatómicas con el menor daño posible. Estas disecciones las hacíamos por grupos en la mitad del cadáver que nos habían asignado.
Las evaluaciones consistían en la calificación de la disección y en un examen práctico sobre los especímenes disecados. Dicho examen era, claro, individual y constaba de varias preguntas que se debían responder en un tiempo máximo de un minuto cada una. Cuando ese tiempo se cumplía un timbre indicaba que se debía pasar al siguiente puesto para contestar la próxima pregunta. Al final de la prueba salíamos al ancho corredor y lo recorríamos hacia atrás hasta la puerta corrediza que solo era abierta para nosotros en esa ocasión. Entonces se llegaba a un espacio amplio, la zona de preparación y depósito de cadáveres. Luego de un breve, brevísimo recorrido por esa estancia, salíamos de la zona del anfiteatro.

Durante ese pequeño recorrido era poco lo que podía verse: entrando a mano derecha, el corredor que lo sacaba a uno del área; entrando a mano izquierda, un corredor en cuyo fondo se distinguían unas puertas misteriosas; al frente estaba la gran puerta por la que entraba y salía la camioneta del anfiteatro, una Ford o Chevrolet modelo cincuenta y pico, al lado de la cual se veían unos artefactos de acero inoxidable, las neveras, presuntamente llenas de cadáveres. Las paredes, en general, estaban enchapadas hasta una altura media con baldosas de color blanco y en varias de ellas se encontraban unas pocetas que más que eso parecían orinales comunales, con unas llaves que en ocasiones estaban abiertas dejando caer su chorro dentro de baldes cuyo contenido era un misterio. Contra la pared de la derecha reposaban unos gabinetes blancos con algunos elementos de instrumental quirúrgico en su interior, cerca de una abertura que parecía la de un horno por el aspecto ahumado de sus bordes y de una puerta por la que se entraba a una oficina. Finalmente, en el centro del recinto, resplandecía una gran plataforma sobre la que se «arreglaban» los cadáveres. Por aquellos tiempos no solo se embalsamaban los cuerpos que servirían para las prácticas de anatomía, sino que con frecuencia llevaban restos de las funerarias para hacerles lo que ahora se conoce con el nombre de tanatopraxia que, fundamentalmente, consistía en inyectarles una solución de formaldehído para su preservación.

Estaban entonces por terminar los años setenta. Regresé al anfiteatro casi diez años después como profesor. Las cosas no habían cambiado mucho. Habían quitado las puertas estilo saloom de los cubículos. Ahora había menos cadáveres en su interior y por fin pude explorar la parte de atrás. Poco a poco se fueron desvelando los misterios y con ellos la historia del Anfiteatro de la Facultad de Medicina. Sobre la gran plataforma central para la preparación de los cadáveres solo habría que añadir que estaba a la altura del piso de la bodega de la camioneta, de tal manera que la tarea de descargar un cadáver era más sencilla. La superficie superior estaba hecha para los fines tanatoprácticos. Era de granito pero tenía algunos declives y canales que servían para conducir los líquidos hacia el desagüe. Por debajo y a los lados había unas pequeñas puertas que conducían a unos espacios en los que con los años se habían venido almacenando cosas cuya naturaleza, origen y destino eran inciertos.

En alguna ocasión nos atrevimos a buscar y encontramos los negativos en placas de vidrio de un mosaico de quién sabe cuándo, también algunos ejemplares de libros viejos y de números viejísimos de revistas. Entonces entendimos que el Anfiteatro de Medicina, además de ser un depósito transitorio de cadáveres, era una suerte de basurero de la facultad. En efecto, lo que creíamos que era un horno cuando éramos estudiantes sí lo era y en él se incineraban no cadáveres como alcanzamos a pensar, sino papeles de la facultad, actas viejas, exámenes practicados en semestres anteriores y cosas así, y de vez en cuando fragmentos muy pequeños de piel o de algún otro resto que había resultado de las disecciones.

Dentro de las neveras que eran varios pisos de gavetas de refrigeración, ahora apagadas, con sus respectivas camillas en el interior, había una cantidad importante de cadáveres completos a medio disecar o piezas de los mismos que se habían ido acumulando semestre tras semestre, desde que se prohibieron las fosas comunes de los cementerios. Muchos de los cadáveres no habían sido tocados después de su embalsamamiento y se habían convertido en momias que a esas alturas no servían para estudiar anatomía.
Entrando a mano izquierda, detrás de las misteriosas puertas, estaba lo más interesante, era un par de puertas grandes pero sobre todo pesadas, probablemente debido al espesor —de unos 30 cm—, que al abrirlas lo conducían a uno en un viaje por el tiempo, a conocer una parte de la historia del anfiteatro, eran las puertas de dos cuartos fríos. Uno de ellos estaba casi completamente desmantelado y ocupado por algunos muebles, estantes y vitrinas viejas en las que había piezas como de museo: disecciones de brazos o cuellos a los que se les había pintado de azul las venas, de rojo las arterias y de amarillo los nervios, y se habían conservado durante quién sabe cuántos años.

Con esas piezas comenzamos el museo de anatomía. El otro cuarto conservaba sus gruesas paredes y en el techo pendían unos rieles que lo recorrían de un lado para el otro a manera de zigzag en los que estaban montados unos dispositivos que consistían en una rueda con borde acanalado (como las de las poleas), cuyo eje terminaba en una especie de «Y» que de nuevo se abría en otras dos ramas mucho más separadas. En esos extremos iban montados algunos tornillos que terminaban en puntas agudas destinadas a incrustarse en los cráneos de los cadáveres que permanecían colgados recibiendo refrigeración. Solo imaginar el tétrico frigorífico era para quitar el sueño. Como habían dejado de usarse los métodos hipotérmicos para la conservación de los cuerpos, se estaba planeando la construcción de una gran piscina en la que se mantuvieran sumergidos dentro de una mezcla parecida a la que se le inyectaba a los restos con base en formaldehído.

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Anfiteatro 2. Archivo Familia Bohórquez.

Los años fueron pasando y con ellos llegaron cambios muy importantes en la legislación, el conocimiento de las propiedades nocivas del formaldehido y la implementación de nuevos modelos en la educación en general. Una nueva Constitución, la nueva Ley de Educación, la nueva legislación en salud y en cuestiones laborales cambiaron todo. Hoy no puede haber «NN» ni fosas comunes y todos los seres humanos, vivos o muertos, son sujetos de derechos, el Estado tiene la obligación de garantizarlos y defenderlos. Las facultades de medicina, que antaño en la capital de la república eran solo tres, se multiplicaron y rápidamente superaron la decena. Por todas estas razones hay menos cadáveres y los protocolos para su manejo son más complejos y exigentes. Ahora más que nunca los restos y sus partes son extremadamente valiosos. Incluso se han abierto líneas de investigación para encontrar y estandarizar procesos de recuperación y restauración de piezas anatómicas y de disecciones con el objeto de conservarlas y utilizarlas durante más tiempo.

El Anfiteatro de la Universidad Nacional cambió radicalmente. Ahora los espacios son lo más asépticos posible. Blancos de arriba abajo, sin puertas de madera ni baldosines italianos de porcelana, con tableros de acrílicoamchambuetaa, nuevas camillas y mesas de acero inoxidable mandadas a hacer siguiendo al detalle los estándares establecidos por los organismos de salud y un sofisticado y monumental sistema de ventilación y extracción en dos de los seis cubículos, que reduce al mínimo los vapores flotantes del formaldehído. En esos dos cubículos, y únicamente allí, se trabaja con cadáveres o con sus partes, siguiendo el orden de unas muy bien organizadas rotaciones en las que todos los estudiantes pasan por todas las mesas donde hay restos disecados por los profesores, partes de cadáveres u órganos con los que se estudia a partir de las tradicionales guías ahora reformadas, pues los estudiantes solo reconocen estructuras sin hacer disecciones. En los cuatro cubículos restantes, se trabaja con «material no contaminado»: huesos, radiografías, computadores con programas de anatomía, presentaciones, videos, monitores, entre otros, además de una moderna mesa que en realidad es una «tablet» del tamaño de un ser humano adulto en la que los estudiantes pueden estudiar y hacer disecciones virtuales.

La remodelación que dio como resultado todo esto se hizo en varias etapas. Primero se montó el sistema de ventilación de uno de los cubículos y unos años después, el del otro. La última intervención se hizo de atrás para adelante, en la parte de preparación y depósito de cadáveres la transformación fue total. La famosa plataforma fue tumbada y debajo de ella se encontró lo que se esperaba, basura de todo tipo. Pero los hallazgos espeluznantes que alguno podría imaginarse, no llegaron. Solo se encontraron algunos huesos y un par de fetos en unos frascos de vidrio. Todas las neveras fueron retiradas y vendidas como chatarra. El contenido, junto con una montaña de restos que ya no era posible inhumar en fosas comunes pues se había prohibido por la ley, fue llevado, en parte, a una fosa comprada por la Universidad en un parque cementerio al sur de Bogotá y el resto fue incinerado en un horno construido en el campus universitario para tal fin. Ahora los cuerpos se guardan en diez y siete piscinas de concreto enchapadas interiormente en acero inoxidable, con tapas del mismo material y cierre hermético, en un área destinada exclusivamente para eso.

El resto de la zona permanece en un orden perfecto. Las cajas de cartón en las que guardaban huesos fueron reemplazadas por unas plásticas en las que se encuentran organizados por regiones anatómicas cráneos, vertebras y demás elementos óseos. Habitáculos especiales para el almacenamiento de las sustancias químicas, el instrumental y demás herramientas de trabajo, los elementos de aseo, en fin, cada cosa en su lugar. En el centro de estancia, una oficina, un baño con ducha y un vestier para los empleados del anfiteatro. Todo esto como el resto del anfiteatro, pintado con pintura epóxica blanca del piso al techo, en el cual se ha instalado otro sistema de ventilación similar al de las salas de disección.

Es ese escenario que ha cambiado tanto, por el que han pasado miles de personas vivas y muertas: profesores, alumnos, técnicos, ayudantes, aseadores; es el escenario en el que han transcurrido un poco más de treinta años de mi vida, desde que entré la primera vez como estudiante hasta estos días.

Anfiteatro
Fotografía por Walter Gómez Urrego. 2014.
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