Aquí nunca pasa nada…


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Es posible que en toda América Latina y, particularmente en Colombia, el ciudadano promedio haya olvidado que él es el protagonista de su propia historia y que cuando dice “que no pasa nada”, no hace más que expresar que él mismo no ha hecho nada. Lo anterior ocurre por muchas razones, en particular por el efecto del ejercicio del poder. Cuando alguien caracteriza el ejercicio del poder en su ciudad de residencia con la expresión “aquí nunca pasa nada” esa palabra “nada” está plena de significado. Esa “nada” representa la emoción política por excelencia de la sociedad colombiana, o bien el nombre clave que se aplica a la falta de emociones políticas de nuestra peculiar democracia, o a su completa suspensión, con las consecuencias que ello trae para el progreso de la nación.

La política también es una cuestión de emociones

El concepto de emoción política ha salido a la luz recientemente gracias al trabajo de la filósofa norteamericana Martha Nussbaum (Emociones Políticas, 2014), quien a su vez reconoce una larga historia del concepto, con particular desarrollo durante el siglo XX, con filósofos como John Rawls y con pedagogos como Rabindranath Tagore. Este concepto apunta al hecho de que los principios  políticos requieren para su materialización y su supervivencia de un determinado apoyo de carácter emocional, que les procure estabilidad a lo largo del tiempo (Nussbaum, 2014, p.15). Lo anterior bajo el entendimiento de que ese tipo de emociones públicas tiene consecuencias de gran escala para el progreso de la nación en la consecución de sus objetivos (Nussbaum, 2014, p.14). Así, el cultivo de dichas emociones sirve a las naciones como protección frente a la división y la jerarquización cuando se logran los sentimientos apropiados de simpatía y amor (Nussbaum, 2014, p.15).

Según la filósofa norteamericana también algunas emociones sirven para controlar ciertas fuerzas que acechan en todas las  sociedades y aún en el fondo de  nosotros mismos, “esa tendencia a proteger nuestro frágil yo denigrando y subordinando a otras personas” (Nussbaum, 2014, p.16). Cada quien evalúa el mundo desde su propio punto de vista y por consiguiente desde lo que ese quien considera que es una vida que vale la pena. Se llora la pérdida de las personas que nos importan, pero no la de las que son extrañas para nosotros. Se temen los daños a los que nos arriesgamos nosotros mismos y aquellas personas que nos importan, pero no los terremotos que pueden ocurrir en otro planeta. Las personas que suscitan hondas emociones en nosotros son aquellas con las que estamos conectados a través de nuestra imaginación de lo que es una vida valiosa, insiste la autora (Nussbaum, 2014, p.25).

La preocupación por el sentido de nuestras vidas cobra vigencia en el argumento de Nussbaum, y también en el nuestro, puesto que tenemos que definir si en dicho sentido se incluye a todos nuestros conciudadanos o sólo a nuestros vecinos y amigos, y en qué forma. La construcción de sentimientos puede marcar el cambio de una época, así como señala Nussbaum que sucedió en la transición del feudalismo a la democracia liberal (Nussbaum, 2014, p.33). Los individuos empezaron a sentir una forma de amor al país, a esa idea de Estado-nación que surgió, producto del dolor y la sangre derramada en centenares de guerras. El amor a la humanidad empezaría mucho más tarde, cuando se hizo evidente que algunos Estados tenían la capacidad de destruirla por completo y a pesar de eso hoy en día esas muestras de fraternidad son escasas. La apuesta de filósofas como Nussbaum conlleva a ampliar realmente el sentido de la fraternidad hacia los pueblos más alejados o más diferentes del nuestro. Sin duda el problema está en el sistema económico mundial, uno de cuyos rasgos paso a describir a continuación: el individualismo radical.

Del individuo a la nada

Si siguiéramos a Nussbaum o a muchos otros pensadores que incluyen la empatía por el más amplio rango de seres humanos en la idea de lo que es una vida buena, o de lo que es ser feliz, seguramente muchas de nuestras decisiones serían diferentes. Pero somos víctimas del individualismo radical. Llamo individualismo radical a la consecuencia directa de tratar siempre a los demás como medios y nunca como fines, no tanto en el sentido amplio en el que lo usa Paulette Dieterlen (1990). Y este tipo de individualismo se impone en muchas sociedades liberales donde los efectos del colonialismo, o del imperialismo se sienten con mucha fuerza. Allí algunas personas afortunadas han logrado obtener un determinado bienestar económico y se encuentran hoy en día en unas condiciones excepcionales respecto a la mayoría de la población. A grandes rasgos se puede señalar que su relativo éxito económico se convierte en el modelo para los menos beneficiados de entre sus vecinos. Ese “convertirse en modelo” elude la consideración de si en su camino tuvo o no que pasar por encima de otras personas, de si tuvo que usarlas como medios, ya sea explotándolas o usurpándoles sus bienes, ―eso no viene al caso cuando del individualismo radical se trata―.

Ahora bien, más allá del problema moral que implica tratar a los demás solo como medios, es claro que aquí nace el principal problema de la política. Desde Aristóteles se ha comprendido que el ser humano se realizaba en el ámbito público, cuando su voz podía ser escuchada en la asamblea y podía tomar parte en las decisiones que le afectaban directamente o a aquellas personas que hacían parte de lo que hace valiosa la vida. Pero con el auge del capitalismo, y en particular su recalcitrante forma neoliberal, ya el individuo no se siente parte de nada. Inclusive piensa que las decisiones políticas son tomadas en su contra y que por mucho que haga no puede incidir frente a lo que sus gobernantes deciden. De hecho, la participación ciudadana en la democracia se ha reducido a la asistencia a las elecciones. La apatía ciudadana por la política ha alcanzado cifras extraordinarias en países como Colombia. La política en este país no emociona a la gente, lo que implica que participar o no, no se encuentra dentro del significado de vida buena de los colombianos. De manera que, avanzando en esta línea de pensamiento, encuentra uno conclusiones en los ciudadanos como las siguientes: “gane quien gane, a mí me da lo mismo, el lunes tengo que seguir trabajando”; o “yo no gano nada si queda este político que usted apoya” o “cuando él esté allá se va a volver igual de ladrón que los demás”, “todos los políticos son iguales”.

De modo que esa nada a la que me refería anteriormente se constituye acá como una emoción. “Nada” es la respuesta del ciudadano de a pie a la pregunta por cual es la emoción que siente cuando alguien le habla de política. A veces las personas se sienten atraídas por ciertos políticos que prometen soluciones rápidas y eficientes a los problemas del país, y que tal vez despiertan emociones dormidas, pero aquí el problema es que no son emociones respetables, o al menos muy pocas personas desearían vivir en una sociedad donde la fuerza de las instituciones provenga del odio o el asco hacia ciertas personas.

Participación

En Colombia muy pocas personas participan en política. La mayor parte de dicha participación se da el día de las elecciones. Muy pocos se vinculan a un partido político, quizá por la historia de sangre que ha habido en Colombia desde comienzos de la república y en particular durante la conocida época de  La Violencia. También puede ser a causa de la escasa democracia al interior de los partidos políticos, donde se da más una confluencia de empresas electorales que la verdadera configuración de lo que es un partido político. Tampoco se hace control ciudadanos o partidista a los gobernantes o representantes elegidos, y esto, como consecuencia del mismo diseño institucional, hace que luego de elegido un representante o gobernante sea prácticamente inaccesible para su elector. Son muy pocos los casos en los que los mismos votantes inciden en las propuestas políticas de un representante.

El Latinobarómetro (2013), que mide la opinión pública en los países de Latinoamérica, muestra cómo en Colombia, el apoyo a la democracia ha subido un poco en los últimos años. En especial en el marco del proceso de paz, ha crecido el número de ciudadanos encuestados que prefieren mayormente la democracia a cualquier otra forma de gobierno. No sucede así en toda América Latina y hay claras diferencias dependiendo la educación recibida y la edad. Según este documento el apoyo a la democracia es más alto cuanto más años de educación superior haya cursado el ciudadano (Latinobarómetro, 2013. p.24). Asimismo son más demócratas aquellos a quienes les alcanza el dinero para ahorrar o les alcanza justo para llegar a fin de mes, mientras que a los que no les alcanza y tienen grandes dificultades, apoyan menos a la democracia (Latinobarómetro, 2013. p.25). Como bien lo dice el informe los estudios de opinión no pueden determinar el sentido de la relación, pero hay una relación entre la democracia y la pobreza, “sin comida es más difícil ser demócrata” (Latinobarómetro, 2013. p.27). Y aunque se prefiera la democracia a otro tipo de regímenes, un gran porcentaje de los ciudadanos de América Latina no está satisfecho con el régimen, y de hecho se encontró que un porcentaje significativo considera que es posible tener democracia sin congreso y sin partidos (Latinobarómetro, 2013. p.33).

Muy pocos ciudadanos hablan de política con frecuencia pues las formas convencionales de participación no logran entusiasmar a los ciudadanos en el proceso de consolidación de la democracia. Tampoco la participación política convencional, pues temas como firmar una petición, asistir a manifestaciones o trabajar para un partido son actividades que cerca del 90% de la población no hace (Latinobarómetro, 2013. pp. 39-40).  La consecuencia directa de esto es que la mayoría de las personas cree firmemente que la política no sirve para nada, o si sirve es para unos pocos.

La nada que sí pasa

No estaría completo este análisis de la “nada” política, sin especificar su contenido. En términos políticos, cuando se dice “aquí nunca pasa nada” o bien se señala algo que no interesa a los ciudadanos por las razones expresadas arriba producto del individualismo radical, o bien se encubre algo que sí pasa y que no es fácilmente identificable, o de lo que no se puede hablar porque no hay pruebas o no hay cómo constatarlo. También puede ser que se reste toda la importancia a lo que pasa. De lo que estoy seguro es que las cosas que han pasado en Colombia son demasiado grandes para decir que “nada” ha pasado. Desde el silencio sobre la violencia que campea en muchas regiones del país, pasando por la corrupción, la desigualdad económica y la permanente destrucción del ecosistema, es técnicamente imposible negar que algo está ocurriendo.

La “nada” ha sido un tema central del existencialismo. En este texto he planteado esa nada política como la suspensión de la emoción política, esa que permitió la construcción de los Estados-nación y que nos lleva hacia el encuentro con las gentes de otros pueblos y naciones, de cara a los retos que representa la vida en el mundo contemporáneo. No se puede seguir en esta nada, hay que tomar conciencia de lo que está pasando y hacer algo para que deje de pasar, ya sea en términos económicos o ambientales. Las decisiones no pueden seguir quedando en manos de quienes han llevado a la gente a la apatía política ni de quienes convirtieron la política en algo que no es capaz de hacer nada para refrenar al impulso destructor del individualismo radical.

Referencias

Dieterlen, Paulette, “Liberalismo y Democracia” en revista Estudios. Vol. 22. Otoño, 1990. pp. 65-83. México. Disponible en http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/letras22/textos4/sec_3.html

Nussbaum, Martha, Emociones Políticas. ¿Por qué el amor es importante para la justicia. Paidós. 2014. p. 555

Corporación Latinobarómetro, Latinobarómetro, 2013, p.85, Santiago. Disponible en http://www.latinobarometro.org/latContents.jsp

 

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