El agárico, un viaje maravilloso


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Alternativas de viaje existen por montones. Basta con asegurarse un par de tiquetes y ya está. El viajero ávido y a la expectativa de otros aires prepara su maleta y sus corotos para abordar un bus, una flota, un avión —en el más cómodo de los casos—, un barco, un carro, una moto o una bicicleta si de aventura se trata. El viajante prevé su ruta y sus posibles escalas. Los destinos, aunque variados, resultan predecibles: calor o frío. De seguro irá al mar o al nevado, visitará a un familiar —un amigo— al que no ve hace mucho tiempo y con suerte pisará tierra extranjera. Mientras tanto y sin importar qué tan improvisada sea la marcha emprendida, el viajero intuirá la duración de su salida, el momento de su llegada, será un viaje más o menos calculado. Habrá fotografías de paisajes o monumentos, marcas en la piel, souvenirs y la nostalgia de regresar a casa por fin.

Viajar, como actividad recurrente, no tiene misterio alguno. Trae consigo las emociones propias del miedo o el nerviosismo exagerado: como la alegría y la satisfacción. Sí, es una experiencia digamos única y con todas sus complicaciones hasta sorprendente. Pero, ¿qué tal sería viajar de una forma que pase por alto todas estas convenciones? El lugar de arribo, las personas o cosas que serán acompañantes, las sensaciones y demás serán un completo enigma; un viaje en el que no sean necesarios ni tiquetes ni equipaje y, en el que hay un desplazamiento sin desplazamiento considerable del cuerpo, que no haya tiquetes, reservaciones, y —quién sabe— garantías de que quien se encamine sea el mismo que regrese.

Con semejantes características no es difícil imaginar un viaje como el de los sueños: se cierran los ojos y una mezcla entre recuerdos e imaginación hace de las suyas, se inicia el viaje y ya está. Pero no. No se trata de un sueño, es decir, no del todo. Pues tan único como el viaje de la escena onírica es el viaje de la introspección inducida. El viaje de la intoxicación con el agárico, llamado comúnmente hongo alucinógeno, es sin duda un viaje auténtico y misterioso. Producirá muchas más expectativas y ansias que un viaje normal, y cómo no, una de sus propiedades —la alucinación— le muestra a su viajero cosas, estados y formas que de ningún otro modo vería, tocaría, sentiría. Una experiencia mejorada y viva de lo que vemos cuando vamos a la cama.

No se trata de cualquier hongo, este es uno estercoloso o, en otras palabras, que brota de los desechos de un animal bastante común y noble: la vaca. ¿Sorprendente? Sus efectos y lo que ese pequeño hongo —de aspecto ocre y de tallo estrecho— provoca sí que son sorprendentes. Basta con un par de bocados y sus efectos no tardan en maravillar a quien los da: un chorro infinito de colores cae a borbotones ante sus ojos, entre mezclándose, danzando, las formas y los contornos se confunden. Un ancho paisaje de luz y colores se abre ante el viajero que absorto contempla el gran espectáculo.

El agárico con su pie alargado, sus laminillas que se encuentran bajo su sombrerito color marfil, es el tiquete a una región de espléndidos colores, a una ciudad desconocida y sin embargo muy familiar, muy agradable. El cuerpo contempla y no se mueve copiosamente, pues el movimiento y la agitación de afuera están adentro. La felicidad hecha colores la experimenta el alma, el espíritu.

Si no responde a las convenciones establecidas del viaje común sí lo hace con otro tipo de convenciones: las ancestrales. Pues lo que quizá muchos no saben es que la ingesta desmesurada y contraproducente de hongos sagrados no es una práctica contemporánea como lo son otras sustancias psicoactivas ofrecidas en alguna fiesta adolescente. Ni contemporánea ni mucho menos exclusiva de las regiones que hoy comprenderían El Nuevo Mundo[10]. Los pocos o nulos vestigios no suponen que el culto y la adoración al hongo no hayan estado presentes. La intoxicación era y es ritual, se hacía en ocasiones especiales. La tradición supone sus efectos como curativos, tranquilizantes y estimulantes. La alucinación es la comunicación directa con Dios pues el hongo es «la carne de Dios». Justo como nos lo cuenta la mitología azteca, el dios-hongo o Teonanacatl—quien brota de la tierra— es el encargado de conducir al viajero a lugares tan extravagantes como placenteros. Entonces se creía que el agárico tenía propiedades anunciadoras, y era fuente fiel de revelación: el agárico psilocybe por antonomasia símbolo de la alucinación.

Todo esto puede resultar más creíble si se cita un argumento de autoridad. R. G. Wasson, un apasionado por los hongos o —como él mismo se denominaba: «micófilo»—, nos evidencia su viaje mágico:

[…] la ventaja de los hongos es que permite a muchos (si no a todos) el alcanzar este estado sin tener que sufrir las mortificaciones de Blake y de San Juan. Los hongos permiten atestiguar, más claramente de lo que nuestro ojo perecedero puede ver, cosas que van más allá del horizonte de esta vida; viajar hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, el ingreso en otros planos de existencia, e incluso (como dicen los indios), conocer a Dios… Todo lo que uno ve durante esa noche tiene una cualidad prístina: los paisajes, los edificios, las talladuras, los animales… se ven como si hubieran salido directamente del taller del Hacedor (1972a, p. 197-198).

El viaje con el hongo maravilloso se pasea en la consciencia del viajero, cuando no es el mejor o el más extraño será el más inolvidable de los viajes. Un viaje en el que se sabe en qué momento comienza, no cuándo se acaba. Para qué horarios si la noción espacio temporal se extravía por completo. El agárico conducirá a su viajero —seguidor indígena o no— a profundidades que solo él mismo conoce, irá a su interior. Asimismo como puede llevarlo hasta ciudades floridas y paradisíacas, puede quizá arrastrarlo al infierno. La mitología maya explicaría, más exactamente Stephan Borhegyi (1961), quien nos deja la pregunta de por qué los nueve señores de Xibalbadel Popol-Vuh están íntimamente ligados a los ídolos de los hongos.

Con todo y lo anterior, sabemos pues que del amplio abanico de formas de viajar, dar un paseo con los hongos resulta el más excéntrico y arriesgado. El más maravilloso:

Wasson emergió de lo que posteriormente calificó como un suceso que despedazó lo más profundo de su alma, convencido de que los poderes mágicos que los indios habían atribuido desde tiempos antiguos a sus reverenciados hongos eran de hecho muy reales, y de que la química sola jamás podría dar cuenta completa de la experiencia de un misterio inefable, semejante a los de los griegos en la antigüedad, con la participación simultánea de todos los sentidos… «la persona que come hongos se suspende en el espacio; es un ojo desmembrado, invisible, incorpóreo, que ve pero no es visto; en verdad, él es lo cinco sentidos desmembrados, todos ellos entonados al máximo de sensibilidad y de la conciencia, todos ellos fusionándose el uno con el otro de la manera más extraña, hasta que, pasivo, por completo, se convierte en un receptor puro, infinitamente delicado, de sensaciones». (p. 198)

Bibliografía

Furst, P. (1989). Alucinógenos y cultura. México: Fondo de Cultura Económica.
Graff, G. (1960). Los hongos extravagantes. Trad. R. S. Torroella; ilustración: Judith Bledsoe. Barcelona: Timun Mas, S.A.

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