El círculo de la palabra de vida: una apuesta por la multiculturalidad


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Las tareas que les esperan a los guerreros del Arco Iris serán muchas y mayúsculas. Habrá enormes montañas de ignorancia que será necesario vencer; se enfrentarán contra prejuicios y odio. Tendrán que ser dedicados, firmes en su fortaleza y tenaces de corazón. Porque en su camino hallarán mentes y corazones dispuestos a seguirlos en esta senda que le devolverá a la madre tierra Madre Tierra toda su belleza y su plenitud; ese día llegará pronto… ya no está lejos.

-Abuelos Tehuala

Si las creencias son esas raíces profundas que conectan nuestros pies con el interior de la tierra y sobre las cuales proyectamos la vida, desde donde germina el tejido de relaciones que guar­damos con nosotros, el mundo y con los otros, en la Univer­sidad Nacional de Colombia una gran diversidad de ellas coexiste silenciosamente. Son tan distintos los ojos que allí capturan con las dilataciones de sus pupilas esa realidad apa­rentemente común que, poco apoco, hemos notado la manera como las múltiples formas de comprender el entorno —desde diferentes contextos cultura­les, sociales y desde nuestras propias conductas frente a él— sugieren la idea de que no existe una verdad absoluta y terminada. Pero la apertu­ra hacia el reconocimiento de esas nuevas formas de enten­der los acontecimientos no es un proceso sencillo. Muchas veces la asimilación, adapta­ción y el intercambio de pen­samientos con otras culturas o modos de vida pueden generar choques de identidad, tanto en el individuo como en las comunidades. De la manera como sean trabajadas esas diferencias depende no solo el fortalecimiento de la identidad cultural, sino la forma como comprenderemos su progreso y como conviviremos con ellas.

Se siembra la semilla

El contraste que enfrentan los estudiantes de ascendencia indígena cuando ingresan a la Academia suele generar una revaloración de pensamientos. El intercambio cultural con los herederos de las costumbres occidentales, con académicos rigurosos, seguidores de la ciencia, produce un distancia­miento negativo de la historia que circula en sus venas, de las tradiciones de sus antepasados, del valor y el significado que guarda para ellos el correcto empleo de las plantas rituales, el profundo sentimiento de igualdad con todo lo que existe en el universo, el respeto y el culto por la naturaleza[1].  Lentamente pierden la mirada de asombro ante lo distinto para empezar a transformarse diluirse en el paisaje coti­diano. Desatan sus lazos con su comunidad para apropiarse de los signos e ideas de otra.

En este contexto, en el vientre de la Universidad co­menzó a prepararse el terreno para la siembra de todo aquello que constituiría El Círculo de la Palabra de Vida. En el año 2010, rodeados de toda la belleza natural de la Sede Amazonía, empezaron a reunirse estu­diantes de distintos orígenes étnicos: huitotos, muiscas, tikunas, pijaos, entre otros. La conformación como un círcu­lo de palabra expresó desde el comienzo todo aquello que ansiaba representar el gru­po, siendo aquel un punto de encuentro donde se teje cono­cimiento, se comparte emo­ciones y se busca consejo. Eso permitió la configuración de un escenario de plena confianza. Esta práctica común dentro de muchas culturas indígena se erigió entonces como la forma más propicia para posibilitar a los jóvenes la manifestación de su propia interioridad frente a los otros desprovistos de temor, o las mutaciones que dejamos dibujar sobre nuestros rostros cuando nos llenamos de ver­güenza o ego. Así se generó un ambiente de comprensión entre quienes allí se sentaban.

Fue de ese modo como con el apoyo de Bienestar de Sede abonaron la creación de un espacio donde pudieran fortalecer sus vidas espiritua­les, que permitiera orientar y restablecer el respeto por las plantas sagradas, y propiciar por medio de la comunicación, el intercambio de pensamien­tos y vivencias, la formación de un puente de transmisión de saberes y costumbres que reafirmara tanto su identidad como individuos como la iden­tidad étnica de cada miembro.

Crecimiento

En un principio los docentes, egresados y algunos pocos jóve­nes fueron quienes conformaron el tallo del Círculo. Pero el esta­blecimiento del espacio como un sentadero que fijaba la mirada en las tradiciones, requería la aprobación de los abuelos delas comunidades amazónicas. Siguiendo las tradiciones debía incluirse toda la cosmogonía que perteneciera a los represen­tantes de cada comunidad. De esta forma los abuelos huitotos entregaron como guía de traba­jo la palabra de crecimiento y, con ella, las plantas sagradas de tabaco, coca y yuca dulce, comunes a la mayoría de grupos étnicos, para la armonización. Sin embargo, en virtud de lo que representaban estas plantas para las comunidades, un segundo abuelo les entregó una nueva palabra que es, hoy por hoy, la que los identifica. Se consolida El Círculo de la Palabra de Vida.

El paso del tiempo trajo tras su rastro la inclusión de nuevos estudiantes de diversos grupos étnicos. Las primeras reuniones del Círculo en Leticia contaron con la presencia de abuelos que compartían sus historias, sus costumbres y, junto con ellas, sus bailes tradicionales. Me­diante el consejo de los mayo­res se dio inicio al proceso de acompañamiento en el transcur­so de la formación profesional y se reforzaron la educación espi­ritual y el crecimiento colectivo. El tejido mismo de la vida per­sonal, con el apoyo de los demás miembros del grupo, ayudó a afrontar los nuevos retos. Com­partiendo con los otros, se die­ron al empeño de dar respuesta a las preguntas fundamentales de la vida. (Grupo el círculo dela Palabra de vida, comunica­ción personal, Mayo 24 de 2013).

Un nuevo reto representaba la incursión del proyecto en la Sede Bogotá: un brote de ramas que aspiraba a un mayor alcan­ce de los objetivos del grupo. La Universidad, en la capital del país, constituye el sitio de mayor confluencia cultural. En2012, el proyecto se implementa en la Sede y, aunque las diferen­cias entre etnias eran mayores debido a los contrastes de los te­rritorios de origen de los nuevos miembros —y, por ende, lo eran también las diferencias entre las plantas sagradas que posee cada pueblo: tabaco, coca y ambil de poporo—, el Círculo de la Palabra de Vida logró establecerse exito­samente como un centro de re­unión de diversos pueblos y un espacio donde reina el intercam­bio de pensamientos, se resalta lo común de los pueblos sin intentar suprimir las diferencias y se abren las puertas al diálogo.

El fruto y, en su interior, la semilla

El espacio de reunión es un tejido dentro del cual todos aportan sus reflexiones indivi­duales y transmiten su sabidu­ría. Sentados alrededor del fuego ritualizado abandonan los males que atacan a los hombres, acaban con el ego y construyen una base sólida de confianza y entendimiento para la armoni­zación de la vida. No en vano sentados en forma de círculo, todos están en igual posición de entregar y recibir. Nadie está por encima de otro, todos ocupan una misma posición. Aun con la diferencia de origen, el empleo de las plantas ritua­les durante la sesión conocen, aprenden y crecen por igual.

El uso de las plantas sagra­das juega un papel fundamental para el grupo, pues ellas son las mediadoras en la transmisión del conocimiento dentro de la cosmogonía indígena. El cono­cimiento y el cómo logramos comprender el mundo que nos rodea han sido una preocupación constante en todas las culturas. Por ello, en lo que refiere a plan­tas sagradas en el grupo, es lícito preguntarse por qué son sagradas y cuáles son sus usos, pues en esas condiciones es que son fuen­te y parte del conocimiento expe­rimentado desde la interioridad y la exterioridad. En principio, la connotación «sagrada» viene del momento inicial en que el co­nocimiento se entregó a quienes serían cuidadores de la sabidu­ría, ancianos y sabios; por ello, en cuanto garantizan la transmi­sión y existencia del saber, ellos merecen un respeto profundo.

Siguiendo esa línea, por ejemplo, para los muiscas la coca, como representación de una madre, dota a la palabra de sabiduría y amor; y el tabaco, como padre, de conocimien­to, disciplina y calma para la reflexión. (Grupo el círculo de la Palabra de vida, comunicación personal, Mayo 24 de 2013).

Las plantas constituyen el vínculo a través del cual es po­sible comunicarse con el Crea­dor para solicitarle guía. Para algunos huitotos, por su parte, las plantas de tabaco y coca representan la inteligencia y la sabiduría, y en ese sentido están estrechamente ligadas. El tabaco purifica, aclara el pensamiento y ayuda a reconocer a los demás como iguales, mientras que la coca conduce a la comprensión, la construcción y el análisis.

Así mismo, lo ‘sagrado’ tam­bién puede explicarse según el mito de origen y la manera que tiene cada pueblo de relacionarse con su territorio, el cual incluye: el cuerpo, la casa, el lugar que se ocupa, el planeta, la galaxia, el cosmos. El conocimiento aso­ciado a las plantas se relaciona con las distintas comprensiones de las magnitudes del territo­rio. Ellas cumplen la función de aportar los saberes necesa­rios para convivir en estado de armonía. El saber fundamental está en todos los elementos de la naturaleza y las plantas propician, aportan y facilitan el acceso a ese conocimiento que las cosas albergan, así como permiten reconocer el lugar que ocupan dentro de la vida.

Cuando se produjo el orde­namiento, a cada sabio se le entregó un conjunto de elemen­tos asociados al territorio, entre ellos, las plantas. A partir de ahí, éstas se convierten en la fuente gracias a la cual se ad­quiere una mejor comprensión del entorno y de uno mismo. Unas son plantas alimenticias, de curación, de armonización, de poder. Cada etnia, según su ubicación, se especializa en el conocimiento de unas u otras, de modo que es entendible que en la transmisión de sabidu­ría algunos pueblos dispongan de diferentes sentidos para cada planta. En torno de ellas se llega al saber, se ritualiza, y además se encuentran los elementos a partir de los cuales se armoniza con el territorio.

Las plantas sagradas per­miten establecer, entonces, vínculos entre las distintas esfe­ras asociadas al conocimiento ya la comprensión de lo que nos rodea. Los abuelos del Cocuy di­cen que son nueve: la inmedia­ta, que es el cuerpo, seguida dela casa, la montaña, la tierra, el sistema solar, etc.; cada una reproduce en esencia la totalidad de la relación de complejidad y paridad entre los opuestos que ellas guardan. Los abuelos que recibieron esa enseñanza se han encargado de ser los guardia­nes del saber y de transmitir el uso pertinente y adecuado que corresponde a cada una de ellas. Es a eso a lo que se hace refe­rencia cuando se habla de que cada planta tiene su origen, su mandato y un principio a partir del cual se oficia. Ellas pueden permitir los estados incrementa­dos de conciencia y potenciar el conocimiento que en la cultura occidental algunos asocian con la alucinación, según las propie­dades particulares de cada una.

El saber de las plantas per­mite tejer los vínculos con los ancestros. En la medida en que cada quien se especialice ya tienda al ordenamiento asocia­do a una planta, avanza hacia su reconocimiento e identifica­ción dentro del todo complejo del universo. Por eso, cuando se habla del grado de especialización que existe entre los sabedores, los aprendices y la gente corriente que se beneficia de la planta, sólo los ancianos sabios están autorizados a manejar el cono­cimiento que ella posee. Así se garantiza el respeto por el man­dato y ordenamiento que cada planta guarda con aquella porción de conocimiento que tiene.

No obstante, ningún sabio posee absolutamente el cono­cimiento. El origen es lo que determina la porción de saber a la que se tiene acceso, de modo que se garantice la perpetuación de su linaje. Y, en el momento en que cada anciano o joven del Círculo se sienta en un ejercicio de intercambio con otro, abre la posibilidad de tejer en conjunto la totalidad de conocimiento que supone la cosmogonía. La com­pletitud del conocimiento apa­rece de modo que los hombres y los pueblos sólo accedan al saber en la manifestación de la inte­rioridad y el intercambio con ese otro distinto. Sería una tarea difícil la de un solo hombre que portara la sabiduría absoluta y plena de todas las cosas, en términos del ordenamiento, conduciría a la formación de monopolios del saber alrededor de lo que se llama “sumos sacer­dotes”. Si una sola persona porta el conocimiento, se generan desequilibrios que conducen a fracturas entre las comunidades y a guerras entre los hombres.

Todo este pensamiento incide en el grupo bajo la implicación del respeto mutuo por los demás. Genera el desprendimiento dela caída en absolutismos de los que ha sido fruto el desarrollo histórico de todas las comunida­des, culturas y pueblos. A me­dida que el saber se especializa, la relación y el intercambio con los otros se hacen necesarios para crecer en la construcción del orden armónico dentro del conjunto de la Madre Tierra.

Es de esta manera como al interior del grupo el uso de las plantas enriquece la experiencia de cada miembro a partir del in­tercambio en el proceso de socia­lización y conduce al incremento del conocimiento, la conciencia de sí y de sus raíces. En la me­dida en que se conoce el origen del otro, de sus plantas, de la palabra y la intención con que estas les han sido entregadas, se genera un distanciamiento de la propensión al desorden, hay una exhortación al respeto por los orígenes culturales que cada miembro lleva consigo. Como jóvenes portadores de esa herencia, se hace más fuerte el compromiso de aprender a respetar, oír, venerar el propio saber y valorar el de los otros. Se fortalece y fomenta un camino sustentado en la imparcialidad para abrir las puertas hacia un espacio donde la multicultura­lidad tiene una cabida real.

Referencias bibliográficas

Barbosa Estepa, Reinaldo. (2011). El orden del todo: sierra goanawind­wa- shwndwa un territorio de memorias, tendencias y tensiones en cuanto al ordenamiento ancestral. Medellín, La Carreta Editores E. U., Iepri, Universidad Nacional de Colombia. 

 


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