El espacio de los amantes


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Ella nunca se enteró de lo que a él le sucedía.

Nunca optó por preguntárselo.
Quizás, sí lo hizo, siempre lo hizo ausente.
Confusa y ausente, nunca fue capaz de acercarse a él lo suficiente.
Él, por su parte, siempre estaba ausente.

Era cierto que para él, ella era lo que le faltaba, lo que completaba su ser, su vacío.

–Quiero tener tu presencia a mi alcance- decía
él en tanto ella se alejaba un poco.

Su presencia, la de él, era para ella, el suplicio de un sacrificio al que no quería apostar.

Él la veía tan cerca algunas veces, tan lejos otras veces, tan inconclusa siempre, pero no le importaba, la quería así; pero ella siempre permanecía ahí, tan distante, tan reducida: siempre espectral.

-Temo por mí…desapareceré- le decía él.- No temas. Todo desaparece, ¡Todo desaparece.¡- Ella, al decir esto suspiró. Se hizo un silencio espeso entre ellos. –No importa, entonces desapareceré….

Él veía en ella lo inalcanzable, lo inagotable.

Ella le veía siempre a la espera; espera incansable de un olvido inminente.

-¿Y si tú?… ¿Yo?…nada. No estoy aquí…

Caminaban sin moverse del punto fijo. Ella y él, solos y ausentes, no percibían lo otro que había entre ellos. El momento se torno angustiante. El tiempo se ausentó; los alejó de sí. Él ya no era él; ella ya no era ella. Sólo quedaba el vacío entre ellos, o lo que ellos eran.

No se reconocían.

-Tengo algo que decirte. La miró con profunda ternura. ¿Qué es eso?

Él le dijo -que su vida…

Así la imagen no alcanzó a usurparle la imaginación.

-No…Le susurró silenciosamente.- De nada sirve-

Ella permanecía. Él se alejaba, cargando el peso del silencio. Ella le observaba desprevenida. Nunca ella sintió tanta alegría en su corazón. Mientras él se iba, ella sentía que aquello era el instante infinito de la existencia.

-¡Desaparecer¡ ¡Desaparecer¡- Gritó al viento.
Ella le escuchó, y suavemente lo sintió como una leve caricia que la abrazaba.Cuando el instante se repitió: pasó lo mismo. Él, ausente. Ella, distante.

Los cuerpos se hicieron pesados. Nada de él le pertenecía a ella. Nada de ella le pertenecía a él. Era el vacío lo que los unía; el desconocimiento de quienes eran: de sus nombres. Permanecían juntos en la distancia.

Él se mueve en la inmovilidad. Ella se mueve hacía él. Lo que pasa nunca acaba, siempre termina comenzando. Él no dispuso en ella la confianza del porvenir. El porvenir es siempre un por-venir. Nunca llega, no cambia, y se repite infinitamente. Ella corrió hacia él, hasta donde su sombra la abandonara, la hiciera desaparecer.

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