El último viaje


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Los astros son difusos, sólidos apenas en apariencia. Afuera, en el Universo, el cuerpo no es solo la única frontera sino que se convierte en nave, en recipiente de una mente incapaz de tocar, pues aunque rodeado de puntos de luz que salpican la oscuridad, jamás podrá sostener en sus manos los cuerpos celestes que se le presentan. Finalmente, cuando el hombre pise suelo de otros planetas, de satélites naturales, o incluso cuando se sumerja en gigantescas concentraciones de gases, en la paradoja de planetas sin piso donde asentarse, ya no estaremos en el espacio exterior, lo que toquemos será parte de un adentro cualquiera. Estar flotando en la inmensidad de ese afuera infinito, en el universo profundo, significa la condena a estar atrapados dentro de nosotros mismos en un extremo que ni la psicología ni la filosofía pueden imaginar todavía.

«La radiación cósmica galáctica representa una amenaza importante para los futuros astronautas» (Cherry, 2012), advirtió Michael Kerry O’Banion, profesor de la Universidad de Rochester, cuando se analizaron las posibles consecuencias de un viaje a Marte. Partículas cargadas de energía que viajan a velocidades casi tan grandes como la de la luz recorren el Universo estrellándose con cualquier objeto que se cruce por su camino, atravesando cualquier superficie que no sea lo suficientemente densa como para contrarrestarlas. La magnetósfera (el campo magnético que rodea a la Tierra) y la atmósfera de la Tierra son una de esas superficies capaces de salvarnos de las cascadas de radiación cósmica que cada segundo atracan en nuestras fronteras. En condiciones normales, partículas radiactivas con una cantidad de energía menor a un límite máximo llamado energía de corte magnético son absorbidas por la magnetósfera, siguiendo la corriente de energía que va de Polo Norte a Polo Sur para luego abandonar la Tierra y continuar con su viaje a través del espacio. Sin embargo, si la energía de las partículas es superior al límite, atraviesan la magnetósfera solo para ser rechazadas por las capas superiores de la atmósfera terrestre. Pocas partículas de radiación cósmica galáctica logran ingresar al planeta gracias a estos dos poderosos escudos. En el espacio exterior no contaremos con ninguna de estas protecciones, seremos cobijados únicamente por nuestro cuerpo y nuestro vehículo de transporte interestelar. Lamentablemente ni la piel humana ni el metal de una nave espacial pueden sobrevivir al bombardeo de partículas.

Tiempos muy largos de exposición al espacio exterior pueden significar sucumbir ante unas condiciones para las que no estamos preparados. Esto provocaría degeneración en las neuronas y en el proceso de sinapsis en puntos muy específicos del cerebro, particularmente aquellos relacionados con la memoria, es decir, que puede causar Alzheimer. Eso significa que si viajamos a otro planeta probablemente no recordaremos de dónde venimos ni por qué estamos allí.

Pero a pesar de que no recordemos nuestro presente ni nuestro pasado más próximo, la sombra de la memoria desembarcará con nosotros en tierras foráneas. Presencias misteriosas, figuras difusas aparecerán frente a nosotros, nos contarán historias mágicas y oscuras de lugares más lejanos que cualquier estrella, nos hablarán de la remota imagen de alguna calle perdida en una ciudad naranja. El miedo, la muerte, el amor, todas las rupturas vendrán de vez en cuando como un espejismo, jaladas por cientos de ángeles, niños y hombres con chaquetas de paño o pantalones oscuros. Cuando la pérdida de la memoria llegue, será la memoria el más cruel de los castigos. Todo aquel que haya conocido a una persona que sufra la enfermedad de Alzheimer sabrá entender a lo que me refiero. El delirio constante, los fantasmas que llegan con la promesa del descanso o de una vida perdida se funden con la realidad, dejando al sujeto a merced de sus experiencias sin posibilidad de aprendizaje ni reflexión, limpios de poesía o ciencia. De vez en cuando las descargas eléctricas encuentran su destino y se puede sospechar que quizás nada de lo que se ha vivido es real, la enfermedad se anuncia a sí misma mientras destruye su propio rastro.

En este mundo de sueños se crearán los nuevos vestigios de la humanidad y cada hombre, cada mujer, cada oleada de nuevos colonos descubrirá los rastros de vida inteligente, formas de arte insospechadas, y creerán (porque tampoco podrán recordar) que acaban de nacer. ¿Qué clase de mundo será el nuevo mundo? Una fantasía chamánica donde ancestros, viejos dioses esperarán en el umbral preparados para enseñarles a los viajeros la imagen vaga de una urbe llamada
Bogotá o Estambul, en donde otros que eran como ellos florecieron alguna vez. ¿No será el tormento de estas visiones motor para querer construir naves espaciales que los puedan llevar a esa Tierra lejana donde los dioses tendrán forma física y no serán nunca más solo voces en el aire? ¿Se esconderá acaso detrás de estas especulaciones el origen de la vida humana?

La caída de la carroza tirada por corceles voladores quizás sea el desembarco de una nave nodriza que en el pasado nos trajo sin pista alguna del camino. Lo más probable es que generaciones antiquísimas tuviesen recuerdos más claros acerca de la llegada del hombre a la Tierra. Ha sido el paso del tiempo el que ha convertido esta duda en método, en ciencia y arte, en religión y razón.

No obstante, la naturaleza del delirio se mantiene enraizada en la experiencia humana. Astronautas contemporáneos afirman sufrir ocasionalmente dificultades cognitivas, dicen no tener noción de cuánto tiempo ha pasado desde que estuvieron allí, al otro lado de la conciencia del presente, del tiempo. Quizás, estos astronautas sean como nuestros padres, seres primarios que han visto colores impronunciables y ahora están sumidos en un mundo nuevo, en su hogar, junto a sus hijos tratando de comprender cómo funciona un tenedor o quién diablos es esa figura que les acaricia la cabeza. La atmósfera ya no podrá curar sus heridas. Volver al planeta Tierra no significa salvación alguna. En principio, no sabemos cuántas veces hemos estado aquí.
En todo caso, podemos preguntarnos si es posible sobrevivir sin memoria; lo más probable es que no, pues esto destruiría las relaciones sociales, esenciales para la supervivencia. Sobre todo porque la enfermedad de Alzheimer normalmente culmina con el aislamiento y la introspección. Sin embargo, el proceso de esta enfermedad suele tardar unos siete años en destruir el cerebro del paciente, tiempo suficiente para llegar a Marte o incluso a otro planeta cercano, tiempo suficiente también para la reproducción, que podría salvaguardar el futuro de la humanidad. Es un hecho que la nueva progenie (o al menos un porcentaje) traería en sus genes la enfermedad y la trasmitiría a lo largo de las generaciones hasta que la evolución la elimine o al menos la transforme. Esto, por supuesto, no garantiza la aniquilación de la especie sino que ofrece un panorama al menos optimista sobre el viaje espacial con todos sus riesgos. Además, trae consigo otra posibilidad igualmente poética.

Los nuevos individuos recibirán de sus padres una educación plagada de delirios y de historias erráticas que a fuerza de curiosidad y desesperación configurarán un relato, una Historia. De esta manera, es posible que los mayores se posicionen como videntes, creadores de nexos con aquello que sientan que pueda explicar el motor que ha llevado al ser humano a ocupar un mundo, o en dado caso, por qué su mundo es un vehículo que navega el espacio, cuál es su destino y cuál es su origen.

Seguramente estos delirios devendrán en instituciones y establecerán un sistema organizacional. ¿No es acaso eso lo que cuenta la Historia de la humanidad en la Tierra? ¿No es el totemismo o la religión precisamente eso, una estructura basada en visiones y comunión con las mismas? Eventualmente la ciencia reorganizará estas visiones y las descompondrá en esquemas materiales capaces de ser asimilados de forma más práctica. Aun así, la mitificación de la ciencia tiene el rastro de la magia y puede fácilmente fusionarse con el deseo de explicar las antiguas visiones fantásticamente. Un ejemplo es la actual sobreinterpretación popular de la mecánica cuántica atribuyéndole características metafísicas es una evidencia poderosa del deseo de mantener vigente al mito por encima de cualquier otra estructura o explicación.

Ya muchos se han preguntado qué busca el hombre en las estrellas, ¿qué es lo que esperamos encontrar en otros planetas?, ¿vida inteligente?, ¿a nuestros creadores? Otros han repetido insistentemente que la sensación de soledad es una cualidad intrínseca de la humanidad y que el deseo de encontrar a otros pobladores del Universo pretende sanarla. Nos hemos sentido perdidos en la inmensidad, flotando en una gigantesca roca, sin respuestas y llenos de preguntas, sin la certeza de la pertenencia ni del hogar.

Dentro de estas preguntas, siendo foráneo en esta ciudad en la que hoy escribo, recuerdo mi casa, a mi familia y a los lugares que alguna vez conocí. Pero el tiempo lejos de ellos también me ha hecho olvidar los pequeños detalles e incluso los grandes, dentro de mí yacen imágenes como fotografías que se difuminan y de muchas de las cuales puedo dar fe solo por la fe misma. No encuentro ya muchas maneras de comprobar que lo que sé es genuinamente real. Incluso en las ocasiones en que he regresado a los míos, en esa pequeña ciudad en la cual nací, no he podido confirmar ciertas especulaciones porque el mundo ha cambiado y yo también. No creo que eso me convierta en un enfermo, no necesariamente he de tener Alzheimer pero me permite sentir cuán volátil es la memoria. La misma intranquilidad que produce revisar los libros de historia y encontrar baches insalvables en la documentación. La terrible certeza de no poder revivir el momento en el que nací o los primeros años de mi vida. Una metáfora maravillosa que plantea la posibilidad de que nosotros como especie tampoco
podamos saber cuál fue nuestro primer día aquí. Pero así como yo no puedo saberlo, siempre se mantendrá el deseo de regresar a ese lugar al que pertenecí primero, aunque no recuerde el camino encontraré los medios para hacerlo y cuando esté allá, con el tiempo me iré nuevamente. No necesariamente estoy condenado a un ciclo infinito pero tal vez mis hermanos sí lo están, al igual que mis congéneres que quieren, por la más absurda necesidad introspectiva, por la más poderosa y aplastante de las visiones místicas, revivir su último viaje a las estrellas.

Referencias bibliográficas
Cherry JD, Liu B, Frost JL, Lemere CA, Williams JP, et al. (2012).Galactic Cosmic Radiation Leads to Cognitive Impairment and Increased Aβ Plaque Accumulation in a Mouse Model of Alzheimer’s Disease. PLoS ONE 7(12). Recuperado en 2013 de: http://www.plosone.org/article/info%3Adoi%2F10.1371%2Fjournal.pone.0053275

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