Ella no era de aquí


Compartir

La primera vez en notar algo extraño, fue en aquella ocasión, cuando al levantar el brazo como señal para detener el autobús, un gallinazo se posó en su mano y la observó con expresión devoradora. En las noches se caía en sueños confusos y perturbadores, y siempre un aleteo insistente en los vidrios del ventanal le anunciaba la llegada del amanecer. Al separar las cortinas veía un gallinazo intentando entrar con afán en su habitación.

Gallinazos en todos los tejados, por cada hoja de los árboles, en los postes, en los cables del alumbrado público, volando en círculos sobre su cabeza, por donde caminara o mirara había cientos de manchas negras emplumadas. Al salir del hospital, el dictamen médico confirmó sus más terribles sospechas. Arrugo el papel contra su pecho, exhaló un profundo suspiro y el papel se desgajó lentamente en sus dedos.

Una figura se aleja hacia el horizonte, sobre su cabeza vuelan en círculos manchas negras emplumadas. Mientras el suave viento juguetea con un papel de sellos médicos, donde se alcanza a leer esta sentencia: “sí, definitivamente la vida es una enfermedad incurable”.

Compartir
Previous La soledad
Next Las coloridas galaxias