La correspondencia y las imágenes del alma


Cartas-Correspondencia

El arte de escribir cartas

Con el transcurrir de los siglos se han impuesto ciertas convenciones para escribir correctamente una carta, medio de comunicación privilegiado por la humanidad. El Modi dictaminum, pergamino del siglo XII, enseñaba cómo escribir una carta de amor, considerada como una de las más excelsas expresiones del alma. Aquella relevancia por este tipo de epístolas no debe extrañarnos, pues fue cultivado con especial interés desde siglos previos. Plinio el joven, por ejemplo, escribía a su esposa Calpurnia en el año 102 d.C.:

La causa principal es mi amor por ti. No nos hemos acostumbrado a estar separados. Me ocurre que me quedo despierto casi toda la noche, pensando en ti. Por el día, cuando llega la hora en que solía visitarte, mis pies me llevan, tal y como te lo cuento, hasta tu cámara, pero, como no te encuentro en ella, regreso con el corazón roto, como un amante rechazado.
(Garfield, 2015, p. 915).

Las instrucciones para escribir cartas fueron comunes a lo largo de los siglos. Un tratado del siglo IV, posiblemente de Demetrio de Falero o Demetrio de Tarso, daba algunas indicaciones generales sobre cómo redactar. que “todo el que escribe una carta lo hace como una imagen de su propia alma” (cit. en Garfield, 2015, p. 1286), y agregaba que:

[l]a carta debe ser algo más formal que el diálogo, pues este imita la conversación improvisada, mientras que aquella es escrita y enviada como si fuera una especie de regalo.
(cit. en Garfield, 2015, p. 1286).

La necesidad por tener conocimientos sistemáticos sobre cómo escribir una buena misiva continuó en los siguientes siglos. El Boncompagnonus, obra de seis tomos escrita en 1215, fue uno de los primeros manuales publicados y destinados al público en general. Este monumental trabajo fue escrito por Boncompango de Signa, profesor de retórica y aficionado al ajedrez que se jactaba de dominar el arte de la elocuencia. Aseguraba que si todos escribiesen buenas cartas esto favorecería a la sociedad combatiendo la injusticia y la envidia (Garfield, 2015). Para ello, el Boncompagnonus indicaba las reglas para una buena redacción, además de incluir plantillas de cartas para casi cualquier circunstancia.

Erasmo de Rotterdam fue otro aficionado al intercambio epistolar. A pesar de que en su época circulaba el popular manual de Georgius Macropedius titulado Epistolica o Methodus de Conscribendis Epistolis, Erasmo redactó sus propios manuales llamados De conscribendis epistolis y Conficiendarum epistolarum formula (Erasmus, 1985). Para Erasmo una carta:

cuando trata sobre asuntos graves ha de ser seria, cuando trata sobre asuntos comunes, transparente, y cuando trata sobre asuntos banales, elegante e ingeniosa; es ardiente e inspirada en la exhortación, reconfortante y amistosa en el consuelo.
(Garfield, 2015, p. 1375).

Ya en nuestra época encontramos la guía de Álvaro de Campos (heterónimo de Fernando Pessoa) en la que dice que todas las cartas de amor deben ser “ridículas”.

Autores y sus cartas

Las cartas nos sirven también para comprender mejor el trabajo de muchos de nuestros autores preferidos, nos brindan datos que a veces arrojan luz sobre sus obras y sus complejas personalidades. Emilie Dickinson, por ejemplo, tenía devoción por la correspondencia y gracias a ella su obra se hizo pública, pues consideraba que su trabajo literario no era apto para publicarse. Desde su hogar en Amherst, Massachusetts, la autora mantuvo intercambio epístolar con un crítico literario llamado Thomas Wentworth Higginson quien se percató, a través de las cartas, del talento literario de Dickinson. Sus palabras de aliento influyeron finalmente para que la autora se decidiese a hacer públicos sus escritos (Garfield, 2015).

En una carta fechada el 19 de marzo de 1960, Julio Cortázar celebraba que Francisco Porrúa, editor y fundador de Editorial Minotauro, accediese a publicar Historias de cronopios y de famas:

 […] me emociona mucho que usted lleve el afecto y el heroísmo hasta el punto de meter a los cronopios entre dos tapas de cartulina. Como soy bastante honesto, se lo advierto por adelantado: le van a hacer la vida imposible. Lo sé, porque aunque los tiré por la ventana hace seis años, reaparecen continuamente en la sopa, en los sueños, en esta máquina de escribir (observe el arrancón medio frustrado, arriba a la izquierda: son ellos) y en general se inmiscuyen desconsideradamente en las actividades más serias.
(Cortázar, 2000, p. 426).

Para el siguiente año, el mismo destinatario recibía una escueta y mucho más práctica carta donde hacía un comentario que parecía baladí, pero que era totalmente relevante:

En el contrato se habla del libro con el título ‘Historias de cronopios y famas’, pero supongo que es un error del que lo redactó. Me interesa mucho que se diga ‘y de famas’, que le da su ritmo especial, aparte de que quiere decir otra cosa.
(Ibíd., pp. 446 el subrayado es mío).

Julio Cortazar Carol Dunplor. Cementario de Monparnase, Paris
Julio Cortázar y Carol Dunplor. Cementerio de Monparnase, Paris.

Muchas cartas fueron guardadas por sus autores, y los destinatarios, a sabiendas de que formarían parte de su legado intelectual. Erasmo, por ejemplo, repetía que sus cartas no eran historia, sino literatura; mientras que Ralph Waldo Emerson solía copiar la mayoría de las cartas que enviaba (Garfield, 2015).

El pintor Eugene Delacroix emprendió un viaje en 1832 por Marruecos y Andalucía, su objetivo era componer un libro con las memorias, las cartas y los bocetos que tomaba en el camino. Por ello, encargó a sus destinatarios (familiares y amigos íntimos) que conservaran las misivas que les enviaba durante su periplo. Las cartas no tenían una intención literaria, solo narraban las incidencias del viaje, porque seguramente Delacroix pensó que sus epístolas le servirían luego para componer textos con mayor calidad para su soñado libro. La obra nunca se ejecutó, pues el artista se ocupó de otros quehaceres. En una carta dirigida a Jean-Baptiste Perriet desde Tolón el 8 de enero de 1832, Delacroix se quejaba de los primeros días de viaje:

Hemos tenido muchas contrariedades en este maldito viaje. Un frio y una helada de perros para salir. Por Lyon y hasta cerca de Aviñón, nieve como desde hacía mucho tiempo no veía en París […].
(Delacroix, 1984, p. 16).

La correspondencia influyó además en el estilo literario de incontables autores. Jane Austen incorporó este estilo a su narración en sus novelas como Lady Susan (1871) o su aclamada Orgullo y prejuicio (1813). Bram Stoker también cultivó la novela epistolar en su famosa obra Drácula. Jean Jacques Rousseau decidió que una buena forma de transmitir sus ideas filosóficas era mediante una novela escrita en forma de cartas: Julia o la nueva Eloísa; conclusión a la que también llegó el Marqués de Sade cuando comenzó a escribir Aline y Valcour para escándalo de todos.

Las cartas como imagen del alma

Recordemos que para Demetrio de Falero (o posiblemente Demetrio de Tarso) la carta era una imagen del alma y para asegurarlo escribió su tratado. Posiblemente la mayoría de los escritores y artistas jamás tuvieron contacto con esta obra, pero tampoco la necesitaban, pues lo hacían casi instintivamente.

Beethoven fue dueño de una prosa apasionada que encontramos en su mayor ímpetu en la famosa carta dirigida a una “amada inmortal”, cuya identidad se desconoce hasta nuestros días. Sus misivas reflejarían también su desolación a perder gradualmente el sentido del oído, a pesar de que su mal no impidió que alcanzase la gloria. Un 10 de octubre de 1802 un Beethoven abatido escribía a uno de sus hermanos:

Me despido de ti, y bien tristemente; sí, la amada esperanza de ser curado que hasta aquí había tenido al menos en cierto grado, me ha abandonado ahora completamente. Como caen en otoño las  hojas, así, marchitas y secas, lo están para mí. Hasta el valor que me animaba en los bellos días estivales ha desaparecido. ¡Oh, providencia! Permíteme disfrutar siquiera de un puro día de alegría.
(Beethoven, 1955).

Deutsche Bundespost [Public domain]
Deutsche Bundespost [Public domain].
Kafka mandó a quemar todos sus documentos tras su muerte, incluyendo sus cartas. A pesar de todo, algunas misivas sobrevivieron al autor, mostrando su legendaria  timidez. Kafka escribía, al principio de su relación, con cierta torpeza a su prometida Felice Bauer, sin poder concretar sus intenciones:

Señorita: Discúlpeme si no escribo a máquina, pero es que tengo tan enorme cantidad de cosas que decirle, la máquina está allá en el corredor, además, esta carta me parece tan urgente, y por añadidura hoy tenemos día festivo aquí en Bohemia (lo cual, por lo demás, ya no tiene tan rigurosamente que ver con la disculpa arriba mencionada), además la maquina no me escribe lo suficientemente veloz, y el tiempo es bueno, caluroso, la ventana está abierta (mis ventanas están siempre abiertas), entré en la oficina canturreando, y en verdad que, de no haber venido a buscar su carta, no sé por qué iba a haber entrado en la oficina hoy, día de fiesta.
(Kafka, 2013).

Las cartas entre Manuela Sáenz y Bolívar muestran un Libertador vulnerable al amor (Bolivar, s.f.). Un Trotsky furioso escribió a sus partidarios reclamándoles por no apoyar a la resistencia contra el franquismo, pero su lado acaramelado se imponía cuando escribía a Frida Kahlo (Trotsky, s.f.). Las cartas de Jorge Luis Borges a Estela Canto humanizan al escritor erudito del ensayo y la narrativa, quien se despedía como “Georgie”:

Querida Estela: hasta el día de hoy he engendrado fantasmas; unos, mis cuentos, quizá me han ayudado a vivir; otros, mis obsesiones, me han dado muerte. A éstas las venceré, si me ayudas. Mi tono enfático te hará sonreír; pienso que lucho por mi honor, por mi vida (y lo que es más) por el amor de Estela Canto. Tuyo con el fervor de siempre y con una asombrada valentía. Georgie.
(Canto, 1989, p. 231).

La última carta

No recuerdo la última vez que escribí una carta con papel y lápiz. Eso sí, recuerdo que mi última misiva la escribí allá por el año 2002: era una carta de amor, un correo electrónico. Hoy en día mi correspondencia es muy formal, con muy poco espacio para la creatividad, que por lo general termina con la frase saludos cordiales. Muy raramente recibo respuestas y cuando las tengo suelen ser tan inexpresivas como mis propios mensajes. Por aquellas fechas, en que redacté mi última epístola de amor hallé, escondida dentro de un libro, una carta que mi abuela dirigió a mi madre en marzo de 1981, tumultuosos tiempos de dictadura en mi país, Bolivia. Ella pregunta cómo estamos todos, nos recomienda llegar a casa antes del toque de queda y alejarnos lo más posible de los convoys militares. Finalizaba indicando que debían preparar ajo con miel para mi resfrío (tengo dos años).

Cartas - Correspondencia.
Fotografía del autor.

¿Estamos contemplando el fin de la correspondencia? Los agoreros la declaran muerta, incluso se preguntan si el correo electrónico no lo está ya (Mendiola, 2010). Es la era de los mensajes de texto, del Whatsapp y de la economía del tweet. Se requiere comunicación instantánea, precisa, oral y mejor aún visual, por lo cual nadie tiene tiempo ya para redactar aquellas viejas misivas de tiempos de nuestros padres.

Hace apenas diez años el uso del correo electrónico era masivo, pero ahora parece estar amenazado por la obsolescencia: si el teléfono iba a terminar con la carta manuscrita, ahora se dice que Facebook lo hará con el correo electrónico. Sin embargo, más allá de la vigencia del correo electrónico está el hecho de que escribimos menos cartas, sea en papel o con una computadora. Por eso, que el arte de la carta persista, manuscrita o electrónica, dependerá de cada uno de nosotros. Tendríamos seguir escribiéndolas y hacer lo de Hawthorne:

No sé dónde te encontrará esta carta, pero la lanzó al viento.
(Garfield, 2015).

Bibliografía

Beethoven, L. v. (1955). A mis hermanos Carlos y Juan para leer y ejecutar después de mi muerte. En L. v. Beethoven, Cartas de amor, arte y desconsuelo (págs. 45-46). Buenos Aires: Editorial Tor.

Bolivar, S. (s.f.). Cartas de Simón Bolívar a Manuela Sáenz. Recuperado el 22 de Marzo de 2017, de Cátedra ideología bolivariana Eliézer Otaiza: http://www.catedraideologiabolivariana.net/cib/index.php/2012-02-28-13-25-18/documentos-y-manifiestos/113-cartas-de-simon-bolivar-a-manuela-saenz

Canto, E. (1989). Borges a contraluz. Madrid: Espasa Calpe.

Cortázar, J. (2000). Cartas 1937-1963. (E. a. Bernárdez, Ed.) Argentina: Alfaguara.

Delacroix, E. (1984). Viaje a Marruecos y Andalucia 1832. (J. Olañeta, Ed.) Barcelona: Pequeña biblioteca Calamvs scriptorivs.

Erasmus, D. (1985). Collected works of Erasmus. Toronto: University of Toronto Press.

Garfield, S. (2015). Postdata: curiosa historia de la correspondencia. Taurus.

Kafka, F. (2013). Cartas a Felice (correspondencia de la época del noviazgo (1912-1917). España: Nórdica Libros.

Mendiola, J. (23 de Junio de 2010). ¿El fin del email? Recuperado el 21 de Marzo de 2017, de El Confidencial: http://www.elconfidencial.com/tecnologia/2010-06-23/el-fin-del-e-mail_774393/.

Trotsky, L. (s.f.). La carta de León Trotsky a Frida Kahlo. Recuperado el 22 de Marzo de 2017, de Talpajocote: http://talpajocote.blogspot.com/2007/12/frida-amada-al-contemplar-esta-noche-tu.html

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