La curación del espíritu: sobre la práctica del temazcal


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El temazcal, conocido también como temazcalli, se define como el ritual indígena propio de la cultura mesoamericana que en esen­cia es de carácter curativo y que ha permanecido hasta hoy gracias a la aparición delos ancianos nativos y a su transmisión de saberes a blan­cos y mestizos hacia los años setenta, aproximadamente. La práctica del temazcal es ancestral y legado —como el temazcalero (o corredor de temaz­cal) denomina— de los ancianos del norte, quienes pueden ser de raíces lakotas, mexicas, siou­xes, mayas o, precisamente, nahuas, de donde su nom­bre proviene y que significa también ‘casa de los abuelos piedra’. La razón de ser lla­mados abuelos es, quizá, por ser considerados los seres más antiguos en habitar la Tierra.

Javier Idarraga, el experto consultado en cuestión y quien desde sus veinte años —apro­ximadamente hacia los años noventa— participa y preside los temazcales, afirma: “En efecto, los orígenes de la cere­monia son remotos. Se dice que el primer temazcal se realizó en Siberia”, además de ser “una de las primeras ceremonias entre­gadas al hombre para su bienes­tar” (J, Idarraga, comunicación personal, 7 de julio de 2013).

Ahora bien, este ritual puede ser clasificado en dos corrientes: paralelo al temazcal tradicio­nal (practicado en países como Guatemala, México y Nicara­gua) se encuentra también el practicado en Estados Unidos y Canadá, al que se le denomina Inipi. Mientras que en el Inipi los cantos son en lengua lakota, en el otro se entonan en español y náhuatl. Por todo lo demás, es el mismo temazcal. Consiste, a grandes rasgos, en un baño de vapor: se ingresa a una cueva (también llamada temazcal) construida de materiales na­turales, en la que un número considerable de personas se dispone a recibir una sanación, ya sea espiritual o ya corporal.

Así pues, Inipi y temazcal operan del mismo modo: se calientan un número determi­nado de piedras durante apro­ximadamente una o dos horas y se introducen una a una en el recinto (la cueva o semiesfe­ra con apariencia de iglú). Es indispensable que haya dentro del mismo un hoyo en la tierra para las piedras que serán sal­picadas con agua, con el fin de producir altísimas temperaturas y —por supuesto— la sudora­ción a los participantes como liberación de las afecciones.

Al hablar de la duración de la ceremonia, se comprende que no hace falta hacerlo en térmi­nos del tiempo “real”, es decir, de un tiempo lineal.  “Aquel que participe de la ceremonia entrará, pues, en otro tiempo”, declara el temazcalero. “Se tra­ta, más bien, del tiempo de la sanación”. En consecuencia, la ceremonia puede ser corta o pro­longarse hasta seis horas. Esta consta de ‘cuatro puertas’, en alusión a los cuatro elementos; se entonan cantos y alabanzas a estos cada vez que ingresa una piedra al recinto. Los vapores despedidos por las piedras se intensifican y, entonces, los participantes pondrán a prueba su capacidad de serenidad antelo que puede parecer un entorno bastante incómodo: bien sea por el calor, por la sudoración, o por el hecho de estar en total oscuridad y con poca ropa en presencia de desconocidos.

Pero hay más: al temazcal (recinto) se asocia la carga sim­bólica del útero, por su similitud con la barriga de una mujer en­cinta. Es, entonces, el retorno, el regreso a la madre que pro­porciona un estado de alivio, y, sobre todo, es una purificación a través del calor y del agua.

Los beneficios físicos son innumerables gracias a la gran cantidad de sudor perdida. La liberación de toxinas en una sesión es inmensamente prove­chosa y sus resultados son equi­valentes a los de una actividad física —como nadar o correr— que se practique regularmente.

“Se presenta tonificación de piel, mejoras en el sistema inmunológico, por mencionar algunos —dice Javier— que, en últimos términos, producen la desintoxicación del espíritu: tranquilidad, plenitud y paz”(J, Idarraga, comunicación personal, 7 de julio de 2013).

Si bien la práctica presente es —más que un rescate o una reinvención —una continua­ción, como lo afirma el corre­dor, desde luego esta no estará intacta, sino que variará con la transmisión de un asentamien­to social a otro y de una época a otra. Sin embargo, seguirá siendo en esencia la misma.

“La tradición está viva. No es coincidencia que se trans­figuren sus detalles, porque cada temazcalero tiene su propia forma de proceder, agregar o sustituir detalles, que son esos: caracteres removibles. Dicho de otro modo, es de vital impor­tancia el propósito de convocar al aire, al fuego, al agua y a la tierra, de otro modo no hay ceremonia” (J, Idarraga, comu­nicación personal, 7 de julio de 2013). Por otro lado, dicha permanencia o continuación del temazcal depende también de que su recepción no sea arbitra­ria ni azarosa: de que el recibi­miento desde los mayores hacia los nuevos practicantes sea idóneo, es decir, que su receptor esté preparado. Se trata, pues, de una preparación aproximada entre los seis hasta, incluso, los diez años para que el reci­bimiento se realice sin faltas e incongruencias. A partir de las observaciones adquiridas por la estancia permanente junto a los mayores, se da el aprendizaje. El primer paso es la asistencia a la ceremonia como acompañan­te del instructor que, luego del tiempo necesario, le encargará a aquel la preparación del fue­go. No obstante, en este sentido también, la Búsqueda de visión o la Danza del sol son indispensa­bles como instrumentos para tal recibimiento —“al menos en el Inipi”, explica Javier—, que consiste en subir a una monta­ña durante cuatro años y, allí, cada año, durante un período de cuatro días en el solsticio de verano) y habiendo ayunado, danzar al sol alrededor del árbol de la vida, pidiendo respuesta a los propios interrogantes.

Dado que los nativos que dirigen sus temazcales desde la ortodoxia aseguran que el temazcal no debería llegar a manos de blancos ni mestizos, surge la pregunta de qué tan perjudicial resulta propagar esta práctica. Si acaso su populariza­ción significa su inmediata de­cadencia, si solo los indígenas pueden asistir o si, a lo mejor, “no hay manera de pervertir lo sagrado”, como afirma Javier, y lo justo sea asumir esta práctica desde su punto más laxo porque estos son tiempos nuevos.

Ahora bien, pese a los cui­dados o las restricciones, resulta inevitable que tanto el temazcal como otras prácticas chamánicas – ejemplo directo, la toma de yagé-se conviertan en un negocio.

“Las cosas del espíritu no se cobran, pero es necesario el desprendimiento de esa hipo­cresía respecto del dinero y lo sagrado: los implementos cues­tan, el desplazamiento hasta el recinto, la madera, en fin”, (J, Idarraga, comunicación perso­nal, 7 de julio de 2013), afirma Javier, quien además co­menta sobre la presencia de un equilibrio: el de un aporte eco­nómico que no será exuberante ni mucho menos obligatorio. De lo contrario, la exigencia de cuotas altas haría parte de un ‘prerrequisito’ para parti­cipar de la ceremonia, cuando el temazcal prescinde de exi­gencias o prerrequisitos.  No es necesario más que aquello que impulse a las personas a parti­cipar: las motivaciones varían desde otorgarle a la ceremonia el carácter curativo, místico y espiritual hasta expectativas de mejoras en la salud o el simple goce físico por su proxi­midad, claro que más profun­da e intensa con el sauna.

Con todo y lo anterior, conviene decir que el temazcal, más que una práctica indígena desconocida (entre tantas), es un llamado —muy atractivo, por cierto— a la búsqueda de resultados otorgados por la natu­raleza. Pero, sobre todo, trata de los sentimientos de vitalidad y alegría provocados que, en con­secuencia, también son un pro­ceso alternativo de reflexión.

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