La expedición Gaüer


Compartir

pdf-icon (1)

Era el año 1854, cuando bajo la campaña de Eichelhaus en Berlín y en colaboración con el geólogo Frank Vogel-Rothstein, Herman Alphonsus Gaüer fue enviado a territorios selváticos en América del Sur para el estudio de nuevos especímenes botánicos con cualidades medicinales. En Alemania, para aquella época, se había logrado sintetizar una toxina especial extraída de la especie incertae para uso medicinal, y aunque no funcionaba del todo en la práctica, se sabía que en los bosques de la región subtropical mesotérmica andina se encontraba una especie específica cuyas toxinas pudieran ser reducidas y convertidas en componentes para fármacos como mesatilazina y tetrasinol. Así describe Gaüer el entorno de la expedición:

Campaña de Gaüer, grabado de Francisco Miranda Salamanca. 1855 - Andrés Díaz y Laura OtizGrabado: Campaña de Gaüer. Francisco Miranda Salamanca. 1855.

Estando en la región de San Alonso resulta particular el encuentro con los bosques húmedos. Luego de partir desde el pueblo, el calor sofocante provocó una demora de cinco días más de los previstos, ya que según nuestros cálculos y los relatos de las personas del pueblo, la temperatura en esta época del año bajaría por las lluvias. Sin embargo, nos encontramos con una sequía inesperada y algunos de nuestros perros sufrieron las consecuencias del desespero por el calor, además del hecho de que muchas de las provisiones alimenticias que traíamos para el viaje se descompusieron rápidamente. Es necesario apresurar el paso dentro del bosque, alcanzar el piedemonte donde la temperatura debe bajar un poco y regresar pronto a San Alonso, de lo contrario el alimento se agotará y aunque teniendo el conocimiento sobre algunas plantas y frutos comestibles del lugar, podemos correr el riesgo de padecer envenenamiento. Tememos también por la aparición de insectos dípteros que pensamos que son erebia caelum, una especie de mosca que se ha asentado en nuestros campamentos, y al tener contacto con nuestra comida, ha producido fiebres y escalofríos en algunos miembros de la expedición.

Herman Alphonsus Gaüer, grabado de Francisco Miranda-Salamanca. 1856 - Andrés Díaz y Laura OtizGrabado: Herman Alphonsus Gaüer. Francisco Miranda Salamanca. 1855.

El descubrimiento de la planta Incertae sedis marcó un gran suceso para la expedición de Gaüer, además de la sorprendente mitología en torno a ella que hasta la fecha era desconocida. El hecho de encontrar una especie botánica tanto de hábito terrestre como de hábito epífito dio a entender al grupo de investigadores que se trataba de una especie nueva. Escribe Gaüer en uno de sus diarios de campo:

Contaban los lugareños que aquella planta de bulbo tunicado era considerada como una especie de espíritu viajero que crecía en lugares inusuales, inciertos –de allí el nombre que se le daría más tarde, bajo clasificaciones taxonómicas, Incertae sedis: ubicación incierta. En tiempos remotos, la toxina extraída de la planta era utilizada como un veneno de caza que era colocado en la punta de las flechas de cacería mediante un proceso que la hacía más potente, mediante el cual era extraída del tallo y combinada con veneno de ranas, almacenada y potencializada. Esto nos acerca cada vez más a la idea de que se trate de una especie nueva, diferente de las ya estudiadas Incertae magna e Incertae luceati, descubiertas en la expedición de 1842.

Incertae magna e Incertae luceati - Andrés Díaz y Laura Otiz
Grabado: Incertae magna e Incertae luceati. Francisco Miranda Salamanca. 1855.

Como resultado de este viaje, Gaüer escribió cuatro volúmenes sobre sus investigaciones en la obra Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente entre 1856 y 1862, y en colaboración con otros importantes bo­tánicos de la época, fueron publicados los siete volúmenes de Nuevos géneros y especies de plantas. A Gaüer se le atribuye también el descubrimiento de nemátodos del género dytilenchus, algunas especies de moscas tropicales y el escarabajo odontotaenius cervus.

Incertae sedis - Andrés Díaz y Laura OtizGrabado: incertae sedis. Francisco Miranda Salamanca. 1855
Compartir
Previous La frontera
Next De piratas, asesinos, héroes y algo más