La persecución


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El ruido del asfalto bajo sus zapatos, repetitivo, constante, cada vez más rápido, aumentando el nerviosismo y la tensión que lo embargaban; mirando con torpeza hacia atrás; intentando al mismo tiempo no estrellarse contra un coche contundente que terminaría de manera definitiva su huida; detrás suyo, a una distancia no muy amplia, dos sombras nebulosas corriendo con paso regular, como el de la milicia, persiguiéndolo, acechándolo con sus miradas penetrantes e impenetrables. Su pulso haciéndose cada vez más frenético; su corazón latiendo con fuerza y como queriendo salirse de su pecho, debatiéndose entre la agitación y la adrenalina que circulaba por toda su sangre; sintiéndose desfallecer pero obligado por sus piernas a seguir adelante, hacia el escape salvajemente deseado, hacia la luz o la oscuridad, cualquier cosa que le permitiera recuperar su ahora ajena serenidad. Intentando descifrar a sus repentinos verdugos, misteriosas parcas de gabán y sombrero y guantes negros, cuyos ojos refulgían a la luz de la luna creciente, sin saber de dónde habrían venido y de quién recibirían órdenes (era evidente que alguien les había encomendado su muerte); sin la esperanza de un descanso cercano. Sintiendo eso que tantas veces había escuchado decir, escéptico: que ante la proximidad de la muerte la vida entera pasa por la cabeza como un hilo infinito; y recordando escenas hermosísimas de su infancia confundidas con los postes de luz que se erguían a sus lados, en línea hasta el horizonte, algo borrosos por la incertidumbre y el vértigo; y recordando también las primeras tristezas de su juventud mezcladas con el sudor que caía a chorros por su frente y por su pecho; y también las minúsculas cosas que su eterno presente le había deparado, sintió miedo y tristeza, y por primera vez en su existencia fue consciente de lo que significaba haber nacido. La calle se veía desierta, nadie parecía haber notado su desesperación y su agonía; los interminables postes señalaban un camino opaco. No sabía dónde estaba, pero eso ya no tenía importancia, pues lo único en lo que se ocupaba ahora (aquellos infinitos recuerdos aún daban vueltas en su mente) era en encontrar una salida.

No puede decidir si el fragor de aquel disparo es producto del frenesí de la persecución o si en efecto lo han dirigido a su cuerpo. Al instante siente un ardor intenso en su pantorrilla y como un escurrir de sangre, pero no se detiene. En el afán de la huida no tiene tiempo de mirarse y de comprobar si el proyectil ha impactado su humanidad, pues sólo tiene ojos y piernas para buscar un recodo por el cual escabullirse de los sicarios ahora dueños de su muerte. El dolor se confunde con la ansiedad (¿es realmente dolor o solamente una exagerada ansiedad?) y la desesperación con la tristeza. La amargura. ¿Quién se encargará ahora de su madre? La casi inminente resignación.

Al borde del colapso, sintiendo sus nervios próximos a reventarse, ve al lado izquierdo del callejón una barda descompuesta por la cual podría caber su cuerpo. Será una maniobra arriesgada. Debe agazaparse y dará cierta ventaja a las implacables sombras que aún siguen tras él sin inmutarse, sin dejar su intimidante figura. Su impaciencia lo obliga a acelerar el paso. Siente otro disparo que al parecer no lo impacta. Se lanza al suelo pero no prevé el alambre de púas oculto en el pasto. No lo puede evadir; rasga su saco, raya un poco sus brazos y sus muslos con un fino ardor. Debe recuperar pronto el equilibrio. Al fin logra superar el obstáculo y se pone en pie. Decide arrojar lejos el saco ya inservible por las rasgaduras, buscando con urgencia perder un poco de peso y de sofoco. De repente se encuentra en medio de una inmensa plantación de girasoles o de maíz; no puede afirmarlo bajo el apremio de la persecución y la tenue luz de la luna creciente. Es al fin y al cabo un cultivo de enormes plantas tupidas, gruesas, algo laberínticas, que lo esconden y le dan a su huida un poco de esperanza. En su mente, una reminiscencia de su infancia, tal vez un viaje con sus padres y su pequeña hermana. Sus rodillas sangrando un poco por una caída en el campo; los girasoles despuntando en la calidez de la primavera.

Bajo el estrépito de los insistentes disparos al aire y de las injurias de las sombras: “¡Alto! ¡Detente, maldito perro! ¡No nos obligues a acribillarte como a un cerdo!, pum, malnacido, pum, pum”. Su mente intenta reconstruir los hechos que lo han llevado a aquel cultivo enorme por medio del cual serpentea para evadir su destino. La obsesión por un cigarrillo a las afueras de un bar; un tufillo de vodka, salido de su boca, en el ambiente; la demanda de un fósforo a un desconocido, iluminada la acera nocturna por la pálida luz de una lámpara colgada en una esquina; la torva mirada del hombre a quien acudió, del todo afín a la sórdida cantina en la que se estaba embriagando; la desconfianza que despertaron en él aquellas dos sombras sentadas dentro de un lujoso auto en la cuadra del frente y sus miradas como sin párpados hacia la puerta del bar; el repentino deseo de quitarse el sombrero y de sentir sobre su rojo pelo la brisa, fría y suave, de la noche; el sobresalto de las sombras, apresurándose a salir del coche y a gritar, con desgarrada y violenta voz: “Reddy, desgraciado, a ti te estábamos buscando, pequeño hijo de puta miserable” (¿lo estaban llamando Reddy?), seguida de un tiro que hirió de muerte al hombre de mirar torvo, quien no pudo más que lanzar un melancólico quejido antes de caer al suelo, lamentándose por la mala suerte de recibir una bala que no le pertenecía; la necesidad de la fuga, que no le dio chance de dar ni pedir explicaciones (¿por qué carajos le decían Reddy?) y el terror, la impotencia y la angustia. Nada puede comprender. Y sin embargo sigue corriendo durante largos minutos a través de la gigantesca plantación. A pesar de la oscuridad y el cultivo que lo refugian, aún puede sentir tras de sí las tormentosas presencias. Su inicial esperanza de perderlas se ha ido transformando poco a poco en una inmensa desazón que invade sus entrañas con violencia. No ha avanzado lo más mínimo en su huida, las sombras se mantienen tan firmes como al comienzo y su cuerpo cada vez responde menos a las exigencias de la fuga. Es evidente que pronto dejará de hacerlo: se desplomará cruelmente sobre la tierra. La hermosa Marge, consternada y sola en el bar. ¡Tanto tiempo perdido en el que pudo haberle dicho que la amaba! No quiere seguir, pero tampoco caer en manos de las sombras (algo así como un orgullo ante la muerte se lo impide), y se deja llevar por la inercia, hastiado ya del sudor y del cansancio. Su suerte reposando ahora en manos de un azar que desde siempre lo había tratado con capricho.

Y al fin puede vislumbrar enfrente suyo que el terreno se inclina levemente hacia abajo y que más adelante el cultivo empieza a disminuir hasta hacerse yermo y desaparecer. Bajo la luz de la luna creciente alcanza a ver el final del campo y lo sobresalta la evidencia de que no tiene escapatoria alguna. Tan sólo un hermoso horizonte, intrincadas nubes sobre un fondo negro-azul; una extraña y sorprendente sonrisa en su rostro y la certeza de que el mundo es bello y fatal. “No desfallezcas, Reddy Schmidt, perro malnacido, no desfallezcas; ya pronto dejarás de escapar y serás libre”, grita una de las sombras, con tono socarrón y desafiante, y ambas sueltan un enjambre de macabras carcajadas que ya no pueden lastimar sus oídos. Apaga el silencio el roce de sus cuerpos contra las ramas de las plantas, haciéndose aún más lúgubre el momento.

De repente, el panorama se hace claro y aparece ante sus ojos un colosal abismo, infranqueable por sus disminuidas fuerzas, pero no se detiene y mantiene el paso firme, constante, cada vez más rápido hacia adelante.

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