La soledad


Ilustración: Marta Meza
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Era un día soleado, como todos los días en “la vaca multicolor”, Richard caminaba por las calles del centro de la ciudad, mientras miraba indiferentemente las vitrinas de los almacenes, llenas de cosas inservibles que no le interesaban. De cuando en cuando se detenía a fisgonearlas, pero nunca compraba nada, hasta que se detuvo en frente de una vitrina que le llamó inmediatamente la atención, se acercó a ella y empezó a mirar uno por uno de los artículos que allí se hallaban; entró al almacén y compró algo que había visto en la vitrina, y que seguramente le había gustado. Salió del almacén, rápidamente, con el artículo en su mano, pero sin siquiera mirar aquel objeto que tanto le había llamado la atención, como si ya no le importara; continuó caminado entre una multitud que lo estrujaba bruscamente al andar; no aguantaba más tantos colores juntos haciendo presión sobre su pecho y su espalda, así que decidió entrar en un café que se encontraba repleto – pues era hora de almuerzo, y la gente salía de sus trabajos a hablar y chismosear en algún café -, se sentó en una silla lo más retirada posible del ruido, cuando el mesero lo atendió le pidió un tinto sin azúcar, pero con mucho café; sacó de la bolsa aquello que había comprado minutos antes y comenzó a detallarlo minuciosamente. Evidentemente, se trataba de un libro, lo empezó a leer muy atentamente hasta que el mesero lo interrumpió para servirle su tinto.”Con mucho gusto” -le dijo el mesero a Richard-, quien, aunque había pausado su lectura, no lo miró, no había quitado la mirada del libro en ningún instante, y mucho menos había pronunciado palabra alguna. Se sentía el cuchicheo de los chismosos por todo el café, esto irritaba un poco a Richard, quien, después de probar su tinto, inició nuevamente la lectura. Al leer, su semblante cambiaba, parecía complacido y cómodo. En el momento más efervescente de su lectura, un chiquillo inoportuno le agarro la mano y lo sacudió, cuando Richard lo miró, con unos ojos que mostraban furia, le ofreció chicles en venta. Richard sentía tanta rabia que decidió ignorar al desafortunado niño e intentó continuar su regocijo intelectual. Sin embargo, los cuchicheos se habían agudizado y martillaban horriblemente la cabeza de Richard, éste sentía ganas de vomitar, tantas voces lo mareaban y tanta revoltura de colores lo volvía loco, de modo que no aguanto más y salió del café. Nuevamente se vio entre una multitud. “Otra vez a caminar” -se dijo- “¿A dónde ir?” -se preguntó- y sin dar respuesta a esta cuestión, emprendió de nuevo su camino. Caminó durante mucho tiempo, las calles se hacían conocidas, estaba llegando a su casa; “hola Richard ¿cómo está?” – le preguntó doña Rosita, la vieja más extravagante conocida por Richard; “sí” -contestó él- y siguió su camino. Entró a su casa e inmediatamente fue a prepararse un café, con mucho café, pero sin azúcar. Se sentó en su sofá situado frente a una ventana, mientras caía la tarde, seguía leyendo aquel libro que aparentemente era lo único que lograba regocijar su alma. Su larga caminata lo había extenuado demasiado, hasta que el cansancio lo venció y se quedó dormido sobre el sofá. Cuando despertó, el sol ya se había puesto, sentía hambre, así que salió a la calle a buscar un lugar donde comer algo.

Caminó hasta un restaurante de comida Italiana, pues amaba las lasañas que allí preparaban, se comió dos de éstas y salió del restaurante; sentía deseos de caminar, ahora lo podía hacer tranquilamente, pues en las noches casi nadie estaba en la calle. Caminaba mientras veía pasar la poca gente que aún no encontraba reposo: ancianas, parejas de enamorados, niños, etc. Al final de la avenida vio cómo dos hombres acometían contra otro totalmente indefenso, ignoraba por qué, pero tampoco le interesaba. Vio cómo los dos hombres salieron a correr y dejaron tendida en el suelo a su victima. Desafortunadamente, ésta se encontraba en medio del camino de Richard, y él no pensaba cambiar su rumbo. La victima se arrastraba por el suelo mientras intentaba lanzar gritos agónicos en busca de ayuda. Cuando Richard llegó hasta aquella, se paró a su lado y vio que era un mendigo; lo habían apuñaleado varias veces. “Ayúdeme” -dijo forzosamente el mendigo a Richard- “ayúdeme en nombre de Dios”- dijo nuevamente- mientras intentaba sujetar el pantalón de Richard, quien con un brusco movimiento hizo que lo soltara. Al ver la impotencia del pobre mendigo y al escuchar sus agonizantes suplicas, Richard decidió ayudarlo, entonces lanzó tres monedas al lado del mendigo y siguió su camino, indignado por haber ayudado a aquel desgraciado. En cada esquina veía prostitutas que le ofrecían su cuerpo a cambió de algunas monedas; mientras esculcaba sus bolsillos se preguntaba: “¿por qué di mis ultimas monedas a ese maldito mendigo?, al cabo ni las necesitará”. Seguía caminando y las calles se volvían cada vez más solas, más solas, entonces pensó en regresar a casa. Mientras pensaba esto, lo abordaron dos hombres que le exigieron que les entregara todo lo que tuviera, Richard les dijo que lo único que tenía se lo había dado a un maldito moribundo. Repitieron su exigencia mientras le mostraban un cuchillo totalmente ensangrentado. Richard, sin angustiarse en ningún momento y con una serenidad tal que parecía encontrarse en una situación favorable, les dijo: “Entonces es mejor que me maten, porque realmente no tengo nada que darles”. Fue así como aquellos hombres le asestaron tres puñaladas certeras y huyeron. Richard yacía tirado en el piso mientras recordaba la imagen del mendigo, era su misma imagen, de manera que como pudo se acomodo y se sentó junto a un zaguán, de forma que pareciera lo menos mendigo posible, de modo que nadie encontrara motivo para ayudarlo, pues no quería importunar a nadie, ni tampoco que lo importunaran. Con su último aliento sacó su nuevo libro de la chaqueta, sonrió como los niños al cometer sus fechorías. Leyó detenidamente, regocijándose en cada palabra de aquel libro, hasta que su vida se interrumpió intempestivamente.

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