Cruz de luz… la encrucijada de Camilo Torres, ¿humanismo o lucha revolucionaria?


Compartir

pdf-icon (1)

El evangelio según Ernesto2

Donde cayó Camilo nació una cruz, pero no de madera sino de luz. Lo mataron cuando iba por su fusil, Camilo Torres muere para vivir. Cuentan que tras la bala se oyó una voz. Era Dios que gritaba ¡Revolución! A revisar la sotana, mi general, que en la guerrilla cabe un sacristán. Lo clavaron con balas en una cruz,

lo llamaron bandido como a Jesús. Y cuando ellos bajaron por su fusil, se encontraron que el pueblo tiene cien mil. Cien mil Camilos prontos a combatir, Camilo Torres muere para vivir.

Daniel Viglietti Canciones para un hombre nuevo (1968)

Sacrificio. Al parecer esta es la virtud más noble y altruista del ser huma­no. Entregarse, consagrarse en busca del bienestar del prójimo, incluso por encima del mismo propio. Camilo Torres así lo entendió, lo promulgó y —más importante aún— lo llevó a la práctica como parte fundamen­tal de su quehacer cotidiano. Trabajó por un nuevo huma­nismo, por el pluralismo, por la unión. Profesó el amor eficaz. Para el comandante Ernesto Che Guevara, ser revolucionario era el valor más alto al que puede llegar un ser humano, y efectiva­mente arrastró hasta las últimas consecuencias su premisa de lle­var la revolución en las venas para morir por ella. Pero, ¿era este el camino que debía seguir Camilo? Ambos, el médico y el sociólogo llegaron al punto extremo de entregar la vida por sus ideales filántropos aquel trágico suceso en que la existencia de un hombre íntegro se extingue, al tiempo que él, junto con su espíritu, se eleva a la categoría de mártir (alguien a quien le espera la inmortali­dad en el pensamiento colectivo convertido en héroe). No pode­mos afirmar que Camilo haya pretendido inmolarse cuando decidió hacer parte en la lucha armada —seguro que no—, pero, a diferencia del Che, no tenía experiencia alguna en la guerra de guerrillas. No obstante, está claro que sabía de la muerte como un riesgo tangible y, como tal, la asumió. En palabras del escritor Antonio Caballero:

El valor ejemplar de la vida de Camilo Torres es indiferente a sus lo­gros o fracasos políticos, y lo eleva por encima de ellos al ámbito de la gran­deza humana. Por eso no es la suya una vida fracasada; sino una vida he­cha con lo mejor que puede haber en un hombre: de voluntad, de amor y de fidelidad a sí mismo (2013, Párr. 6).

La cuestión que surge es: ¿Era necesario? ¿No hubo otra alternativa? A juzgar por los hechos (tras de que poco a poco se fue cerrando el cerco político y la censura eclesiástica), parece evidente que la combinación de todas las formas de lucha era la única opción que le quedaba a Camilo Torres. Pero la decisión de empuñar las armas no fue sencilla, con todo y su heroi­ca muerte en las montañas de Santander, adonde su esperanza lo llevó en busca de nuevos ho­rizontes para sus ideales. Así lo entendió su compañero y amigo, el maestro Orlando Fals Borda:

Apenas tuve dos veces la oportu­nidad de discutir a solas con Camilo sobre su vinculación con las gue­rrillas, y eso cuando él ya lo había decidido. No estuve de acuerdo con él, pero respeté su convicción, su fe altruista en la bondad final e intrín­seca del cumplimiento de su deber como sacerdote y como colombiano, en la lucha por la justicia social.

Para Camilo, las armas eran un medio en ese eterno esfuerzo, no un fin como con frecuencia tienden a convertirse cuando se olvidan las causas originales del buen accionar político (Fals Borda, 1991).

No fue simplemente irse ‘pa’l monte’; no fue buscar el cambio ‘a la brava’, ‘la lucha por la lucha’; no fue un fin, fue par­te de un proceso y una apuesta cargada de profunda convicción y compromiso político para un hombre que, como líder y como ser humano (además de las cua­lidades y virtudes intelectuales propias), no se resignó a ‘echaren saco roto’ la semilla de su causa. Él no estaba dispuesto a perderla en el sin-futuro estéril que vendía la oligarquía y deci­dió marchar al campo, recorrer otros senderos, abrir nuevos sur­cos. Bien dicen que la tierra es para quien la trabaja: “Cuando la oligarquía no deje otro cami­no, los campesinos tendrán quedarnos refugio a los revoluciona­rios, a los obreros y estudiantes. Por el momento deben unifi­carse y organizarse para recibir­nos con el fin de emprender la larga lucha final” (Mensaje a los campesinos: periódico Frente Unido Nº 7, octubre de 1965).

Un legado invaluable, sin lugar a dudas. Inspirador, heroi­co, lleno de lecciones políticas y morales vigentes y necesarias en nuestra realidad del día a día…Pero…, no deja de que­dar un vacío, la sensación de la esperanza trunca, el recla­mo —egoísta e infundado, por demás— de si aquel sacrificio fue un sacrificio no precisamen­te vano, sino tal vez demasiado apresurado. Queda la reflexión de si tal vez Camilo hubiera podido seguir creciendo con su lucha de base, con sus obras en los barrios, con su cátedra en la Nacional, con sus mensajes a través del periódico Frente Unido… No hay razón para cuestionar la trascendencia y la vigencia de su pensamiento, pero más allá de repetir cual sermón: “Camilo vive”, bien vale la pena cuestio­nar qué tanto sabemos de él, de sus enseñanzas; qué hemos aprendido y cuánto ponemos en práctica. Eso es lo que le da sentido —un sentido real— a tan noble sacrificio, así como impi­de que se pierda en el olvido.

El legado de Camilo hoy ¿Qué trascendió: el proyecto político o la figura mesiánica?

Fidel Castro: Desde un punto de vista estrictamente político –y creo que conozco algo de política–, pienso incluso que se puede ser marxista sin dejar de ser cristiano y trabajar unido con el comunista marxis­ta para transformar el mundo. Lo importante es que en ambos casos se trate de sinceros revolucionarios dispuestos a suprimir la explotación del hombre por el hombre y a luchar por la distribución justa de la riqueza social, la igualdad, la fraternidad y la dignidad de todos los seres humanos, es decir, ser portadores de la concien­cia política, económica y social más avanzada, aunque se parta, en el caso de los cristianos, de una concepción religiosa. (Betto, 1985: p. 333)

Su llamado a la unidad, el insistir en lo que nos une y prescindir de lo que nos separa fue tan claro y directo que consiguió convo­car por igual a trabajadores y campesinos, a desempleados y amas de casa, a estudiantes es­cépticos y militantes del Partido Comunista en torno al proyecto del Frente Unido. Gracias a su carisma, al hecho de predicar con el ejemplo (ni su forma­ción académica ni su vocación cristiana se quedaron en meros títulos) y a su interés por ha­cer de los militantes del Frente Unido actores comprometidos con la transformación social, diversos sectores se vieron repre­sentados en él y lo acompañaron masivamente en su accionar, centrado principalmente en la lucha contra la pobreza.

La Plataforma del Frente Uni­do del Pueblo Colombiano (Torres,1965), presentada por Camilo Torres en 1965, tenía una es­tructura de 10 puntos básicos que se hallaban dirigidos a las bases populares de la población(campesinos, obreros, indíge­nas, estudiantes, sindicatos, juntas de acción comunal) y propugnaba la transformación de las estructuras de poder, la redistribución de la riqueza, las reformas agraria y rural; la nacionalización de los recursos y las actividades económicas; la garantía de derechos funda­mentales como la educación y la inclusión efectiva de la mujer en los aspectos políticos, económi­cos y sociales del país. Trascen­diendo los dogmas monolíticos de la teoría política y aterrizan­do la praxis a la realidad de las necesidades del pueblo, Camilo logró la convergencia entre el marxismo militante y el cristianismo practicante; fue, así, pionero de la Teología de la Liberación, no sólo en Colombia, sino en Latinoamérica[1].

No fueron pocas las veces que sus planteamientos políticos le acarrearon conflictos con la curia y despertaron suspicacias en las directivas de la Univer­sidad Nacional, incomodidad en las clases dirigentes y claro malestar en los partidos políticos tradicionales. Y, es que, más allá de lo que Torres decía en el púl­pito, los auditorios o los salones, lo que en realidad les molestaba e inquietaba era cómo su ima­gen (como si de la de un santo se tratara) se hacía cada vez más importante, magnánima, pode­rosa y noble. Esto le valió el ca­riño de los humildes y el respeto de los estudiantes; unos y otros hicieron a un lado sus prevencio­nes y desconfianza y lo acepta­ron como a uno de los suyos. Y fue este respaldo el que le dio pie para oponerse cada vez más di­rectamente a la alianza entre li­berales y conservadores en torno al Frente Nacional llamar a las masas a abstenerse de participaren las elecciones presidenciales.

En la Universidad Nacional y desde su labor como docente, Camilo se preocupó constan­temente por verter los conoci­mientos de la cátedra en pro dela sociedad. Buscaba despertaren los estudiantes la conciencia política y social que materializa­ra su inconformismo en hechos concretos: “El anticonformismo utópico es el inconformismo sentimental de solidaridad humana, de altivismo, de generosidad juvenil, pero no está sustentado con estudios y conocimientos que nos mues­tren que el anticonformismo no es solamente una cosa bonita, bien vista en la Universidad, sino que es una cosa necesa­ria en un país que necesita transformaciones profundas de estructura” (Torres 1965: p. 3).

Dichos cambios estructura­les eran concebidos por Camilo como una transformación indispensable en la sociedad co­lombiana, y, para lograrlos, era necesario ejercer cada vez más presión: “una revolución que, alterando todas las convenciones políticas, económicas y sociales establecidas, aspira a subvertir el orden establecido de forma completa (Cf. Martínez, 2011).


Referencias bibliográficas

Betto, Frei. (1985). Fidel y la religión. Cuba: Ocean sur

Caballero, Antonio. (2013). La ejemplar vida fracasada de Camilo Torres. Revista Malpensante, 139. Recuperado del sitio web:

http:// www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=2829&pag=1&size=n

Fals Borda, Orlando (Febrero 17 de 1991) ¿Dónde estaría Camilo Hoy? El Espectador, Magazín Dominical, N° 408.

Martínez Morales, Darío. (2011). Camilo Torres Restrepo: cristianismo y violencia. Theologica Xaveriana, Enero-Junio, 131-167.

Torres, Camilo. (1965). Plataforma del Frente Unido del Pueblo Colombiano. Recuperado del sitio web: http://www.archivochile.com/Homenajes/camilo/d/H_doc_de_CT-0037.pdf

 


[1]Así, en septiembre de 1964 asistió en Lovaina a un congreso de teología pastoral en el que planteó que la caridad cristiana, si quería ser eficaz y no un asunto meramente verbal, tenía que ocuparse de la planificación económica la cual en los países subdesarrollados, suponía un cambio total de las estructuras de poder. (Cf. Rueda, 1994: p. 578)

Compartir
Previous Capilla Cristo maestro – arquitectura, arte y universidad
Next Colección Pizano, itinerario del olvido