Último aliento


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Pensaba: no estoy loco

corría                                                    y corría                                               y corría

Pensaba: qué hice

no pasó nada

el pelo negro ondeando al viento a toda carrera a través de calles que hervían de autos y de mediodía, y un par de lágrimas que se escaparon de las comisuras de sus ojos, trazando un surco horizontal por sus sienes hinchadas

qué hice, qué hice

el televisor que llevaba en brazos como a un bebé

el bebé

pesaba muchísimo, lo había conseguido para Amanda apenas un mes después de que aceptara

¿querés ser mi novia?

luego comprarían un DVD, un home theatre, llenarían la casa de cosas, un equipazo que reviente las paredes

―Pa que hagamos una rumba cada fin de

y ahora se daba cuenta de que solo había pensado en eso

¡cójanlo!,

¡cójanlo!

cuando habría sido tan fácil pensar en otras cosas, en otras ¿como cuáles?, al fin y al cabo era un adulto

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18 recién cumplidos

pero, bueno, para qué preocuparse por eso si

no estoy loco

tenía un buen trabajo, en el circo le pagaban bien

―Vamos a ahorrar esta vez

― ¿Me lo prometés, Arturo?

―Claro que sí, mi pajarita

Ella tan delgada, no delgada, pero esa cintura, esos bluyines que se aferraban a sus caderas, esa forma de caminar y de bailar

Amor, me gusta tanto

tu pelo, me encanta

cuando se me enrosca

entre los dedos

― ¡Soltalo, lo vas a matar!

él, mirándose en el espejo, pensaba

no estoy tan mal

y por eso se atrevió, después de un par de meses, a charlar con esa niña a la que había visto en tantas fiestas, en aquellas noches en que Santacho era un apocalipsis de rumbas de esquina a esquina, hablar con ella para que luego le preguntara

― ¿Trabajás en el circo?

―Imaginate

― ¿En cuál?

―En el “Ágata”, ¿no me reconocés?

― ¿Sos el payaso?

Y esa forma de reírse, toda la cara como una chispa gigantesca de alegría, los ojos grises que temblaban, los pómulos que se encendían con un rubor rosado intenso y los dientes nacarados y pequeños por donde se filtraba una risita de trinos rápidos y agudos, como los de un

(―Mi pajarita)

―No, ¿el payaso?, ¡qué tal!

― ¡Entonces! ― (muerta de risa)

―El trapecista

Todos los ojos del público en él (también los de ella), los reflectores que lo apuntaban, y lo veían balancearse como un chimpancé en una liana, daba tres vueltas en el aire (todo el mundo contenía el aliento bajo la enorme carpa de colores

también ella)

y su compañero lo recibía tomándolo por los tobillos

―¡Oooooooooh!

Tambores y música y aplausos

― ¿En serio? ¿El trapecista, vos?

―Imaginate

Lo más maravilloso (pensaba) era que eso la había impresionado, por sus gestos se dio cuenta de que le había gustado su forma de bailar con ella, más de tres canciones y nada de Wilfrido ni de Tego, sino salsa brava y difícil, el Joe, Fruco, Richie Ray, en medio de la música a todo volumen tuvo que decirle a gritos

¡bailás muy bien!

y ella con apenas quince años pero tan madura, con una manera tan realista de ver la vida, libre de sus padres desde los doce

―Odio que me estén controlando todo el tiempo

no estoy loco.

Pero ahora, bajo el sol palpitante que hacía rugir de calor las calles, que envenenaba el viento arenoso del mediodía y se asentaba en los callejones laberínticos del barrio, indiferente a los abanicos de las mujeres que salían a refrescarse en los balcones, Arturo pensaba

qué hice

mientras

corría                                                    y corría                                               y corría

llevando en brazos el televisor, se detenía para remontárselo al hombro derecho, se detenía de nuevo, a pocos metros (gotas de sudor en la barbilla y la nariz), para pasárselo al hombro izquierdo, sin saber en realidad hacia dónde se dirigía

no estoy loco.

Como cuando era niño y su madre

―Usted para dónde va, jovencito

su madre

―Usted por qué es tan inquieto

no, perdón:

―Usted por qué es tan intenso

tan dañino

tan fastidioso

tan de todo

Su padre:

―Yo no sé a quién le habrá salido

aclarando, con ira

―Pero no parece hijo mío

Siempre la llamada del director (o la directora) de la escuela (o del colegio)

―Lo sentimos mucho, pero su hijo es sencillamente insoportable

y la reprimenda (que él nunca comprendía)

― ¿Vos creés que a nosotros no nos cuesta nada mandarte a estudiar? ¿Cuándo te vas a

no estoy loco

volver un poquito consciente de eso?

Siempre tratando de llamar la atención

― ¡Que te bajés de ese árbol, que te podés

llegando a extremos insoportables y hasta terroríficos

― ¡Qué fue lo que le hiciste al perro, mariconcito de mier

Y tal vez por eso los cigarrillos tan pronto, la mañana en que sus padres encontraron su cuarto vacío con una nota sobre una silla

me voy pa que descansen

y una adolescencia llena de trabajos livianos y pasajeros que le permitían, de cuando en cuando, pagar una habitación y alimentarse.

Amor, me gusta tanto saber

que me querés, saber que te

gusto, que te sentís bien

cuando estás conmigo

― ¡Lo estás ahogando, Arturo, soltalo!

puesto que, antes del circo, quizá por culpa de su cara estragada de acné y por su aliento marchito y por su forma copiosa de sudar (en especial en la frente y en las manos), después de cumplir los quince y los dieciséis, cuando ya todos los de su edad

eso

no existía una sola muchacha que le hiciera caso. Sus primeros

¿querés ser mi novia?

estuvieron acompañados de negativas rotundas, hubo una que lo tomó de la mano y se lo dijo comprensivamente

―Tan tierno, pero es que estoy saliendo con alguien

y en cambio otras con un desprecio incontenible, con asco, con miedo, con burla, a veces sin palabras, bastaba una de esas miradas que parecían decir

―Qué le pasa

―Ay, mijo, sueñe

―Olvídese, papacito

Y tantas noches desperdiciadas, tantos tablados allá en el parque o en la callecita plagada de bares que desembocaba en el rancho de don Horacio

corría                             y corría                                   y corría                                   y

¡cójanlo!,

¡cójanlo!

De algo tenía que haberle servido la Academia de Baile (porro, bolero, vallenato, reggaetón, salsa) donde las muchachas no quisieron bailar con él

―Yo, mejor, espero

de modo que aprendió con las señoras que asistían al curso, unas cuarentonas que lo miraban raro

no estoy loco

y de ahí la sorpresa cuando Amanda

― ¿En serio?

―Imaginate

― ¿El trapecista, vos?

El trapecista yo, quién lo creyera, a otros les parecía tan difícil y tan arriesgado, quién hubiera creído que Amanda

―Con razón bailás tan bueno

¡bailás muy bien!

¿que-qué?

¡que bailás muy

y en la tercera o cuarta salida juntos (no se acordaba) se besaron por primera

Me gusta tanto saber/

Tu pelo, me encanta/

Amor, te amo tan/

― ¡Que lo dejés quieto, lo estás matando!

Y empezaron los regalos cotidianos

las llamadas cotidianas

las visitas cotidianas

―Tengo entradas para el circo

porque, cuando el circo se marchara

―Vamos a ahorrar esta vez

―Y luego qué hacemos, Arturo, con todas las deudas que

―Encontrar trabajo no es difícil, vos sabés

Por ahora un arrendamiento barato, no debía ser complicado vivir bajo el mismo techo porque ella también

― ¿Vos en dónde trabajás?

―En el almacén de una tía

por supuesto que no era un sitio grande, cuando él entraba a bañarse la despertaba el chorro de agua tan fuerte como si estuviera cayendo sobre la cama, muy incómodo cocinar y soportar ese desorden por donde Arturo parecía nadar libre, sí, pero él tan atento, tan pendiente de mí

tan intenso

―Una lámpara, pero tan cara, ¿para qué necesitamos otra lamp

―Otro vestido, está muy precioso, Arturo, pero ¿no creés que hubiera sido mejor com

― ¿Un microondas? ¿En cuotas de cuánto? ¿A qué horas vamos a terminar de pag

mientras

corría                                                    y corría                                               y corría

―Tenés que cambiar, Arturo

―Vamos a ahorrar esta

― ¿Me lo prometés?

―Claro que sí, mi pajarita

Y Amanda empezaba a preguntarse, preocupada, ¿dónde está el cambio?, ¿por qué me tenía que tocar este tipo tan…?

(¿tan loco?)

―No más vestidos, Arturo

―No más aparatos

―No más basura,

por favor

pero, eso sí, no podían faltar los bailes, era imposible renunciar a las fiestas, no había nada peor que quedarse en la pieza los fines de semana nada más que viendo televisión

―Qué pereza, salgamos

y así convivieron varios meses después de la pregunta

¿querés ser mi novia?

y el carisma de Amanda la hizo famosa entre los vecinos, que hasta la ayudaron cuando las cosas no iban muy bien

mientras que

corría                             y corría                                   y corría                                   y

a Arturo no lo querían tanto

¡cójanlo!,

¡cójanlo!

Siempre tan presumido porque trabajaba en un maldito circo, nunca saludaba, y miraba feo (sobre todo a los que eran muy amigos de Amanda)

y en cambio a ella

―Tan querida esa muchacha

―Con lo jovencita que es y tan adulta

Y por eso no era raro que la invitaran a salir ni que en esos bailes comunales conociera a otras personas ni que muchas de ellas fueran muchachos que también la encontraban hermosa

―Quién era ese

―Nadie, un amigo

― ¿Uno abraza así a los amigos?

Todo para que, pocos meses después

―No me sigás llamando, Arturo

y tuviera que explicarle, con voz firme

―Vos y yo no podemos estar

acordándose siempre de la cara de aquel muchacho al que, de no haber sido porque los vecinos lo impidieron, habría enviado a un hospital

― ¡Lo estás asfixiando, Arturo, dejalo en paz!

―Si te me volvés a acercar te echo la policía

Ella ahora en la casa de una amiga, temerosa de salir a la calle, porque hasta ahora se daba cuenta de que eso que había visto en sus ojos; lo que en un principio le pareció un destello especial, tibio y hasta poético; que iluminaba las caras de ambos cuando se miraban riéndose de cualquier cosa; mientras se deleitaban en sus gestos cuando hacían el amor; cuando despertaban juntos con el alba derramándose a través de la cortina, era en realidad algo tenebroso

no estoy loco.

Por eso pensaba: qué hice

no pasó nada

mientras, agitado, con la camiseta húmeda, el cuello y la nuca relucientes de transpiración

corría

con el recuerdo de Amanda

corría

su gesto aterrado y suplicante

―Arturo, porf…

corría

como si todavía en su cabeza, viva y presente, pudiera escuchar la voz de Amanda diciéndole

―Estoy emb

y en él un terror incomprensible, un cambio que su mente no alcanzaba a descifrar

― ¿Desde cuándo?

sin prestarle atención, confundido

―Escuchame, Arturo

miles de episodios imaginarios azotándole el pensamiento

― ¿Por qué no me lo habías di

la interrumpía, no le permitía acabar de darle la noticia completa

―Es que no es tuyo, Arturo

y la confusión por partida doble, tanto que ella se sorprendió de que le colgara el teléfono (suavemente, sin tirarlo con rabia), de manera que —pensó Amanda— la estrategia había funcionado

corría                             y corría                                   y corría                                   y

había, como se dice, mordido el anzuelo

¡cójanlo!,

¡cójanlo!

y pasó los últimos cuatro meses de embarazo sin saber nada de él

(ya el circo se había marchado, ella sabía que no iban a darle trabajo en ninguna otra parte)

qué hice, qué hice, qué hice

lo recordaba cada día al encender el televisor que había decidido llevarse de la pieza

(fue el primer regalo, llegó una tarde haciendo escándalo, la enorme caja del aparato no cabía en el baúl del taxi, el conductor lo tuvo que ayudar a subir por la escalera)

lo llevaba en brazos como a un bebé

el bebé

pues se lo había dicho para ahuyentarlo

―No es tuyo

para que no lo conociera y, quizá, se lo arrebatara

―No es tuyo

las mentiras a veces tan necesarias en la vida, sumadas a la sospecha de que todo lo que le había regalado lo hubiera conseguido robando

―Es que no es tuyo, Arturo

― ¿Desde cuándo?

ella, que no se había acostado con nadie más, y nació tan hermoso, gordito y arrugado y con una fuerza tremenda para llorar y dar berridos

no está loco

hasta que esa mañana, al cabo de un mes y medio, cuando ya el bautizo, ya una pequeña fiesta con bombas blancas y con torta y unas fotos tomadas por los vecinos, abrió la puerta

―Hola

―Arturo, ¿qué estás ha

¡cójanlo!,

¡asesino!

ella al pie de la cama, una sola vez en el cuello

¡cójanlo!,

¡cójanlo!

su camiseta manchada de

¡va por la quebrada!,

¡agárrenlo!

al verse perseguido, intentó atravesar la canalización que marcaba el límite del barrio

¡por el otro lado!,

¡por el otro lado!

en la confusión de gritos que lo asediaban dejó caer el televisor al agua, era tan pesado que la corriente no pudo arrastrarlo, una ola color café oscuro lo cubrió

¡cójanlo!,

¡enciéndanlo!

y lo peor, junto a Amanda, al pie de la cama (“no es tuyo”), el bebé con la cabeza envuelta en una toalla

¡maten a ese hijuep…

Pensaba: no estoy loco.

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