Epifanio Mejía: el poeta de la montaña


Epifanio Mejía
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Todos estamos locos,
grita la loca.
¡Qué verdad tan amarga
dice su boca!
Epifanio Mejía, Histórico, 1869

Epifanio Mejía (1838-1913) fue un poeta antioqueño cuya obra constituye, al mismo tiempo, un canto a la belleza de los paisajes antioqueños y la evidencia del deterioro de su intelecto, causado por la enfermedad mental que le incapacitó durante la mayor parte de su vida. Su producción poética es reducida, pero rica en referencias a la naturaleza altiva de la raza antioqueña, su lucha por la supervivencia y la exuberante naturaleza que le rodea.

 Los primeros años del poeta

He tenido horas tristes
y placenteras horas:
por eso son mis versos
crepúsculos y auroras.

Epifanio Mejía, Crepúsculos y auroras, 1866

El poeta nació el 10 de abril de 1838 en Yarumal, hijo de un par de campesinos poseedores de un pequeño terreno en las inmediaciones del municipio. La formación escolar del vate se redujo a su paso por la escuela primaria, donde aprendió a escribir y a leer (Roselli, 1987). Sus padres, deseándole un futuro más venturoso, lo enviaron a casa de su tío Fortis Mejía en Medellín. Allí se desempeñó como comerciante, vendiendo telas y otros enseres en la tienda de sus parientes (Restrepo, 1958).

En 1864 conoció a la que sería su esposa, una sencilla muchacha de Envigado llamada Ana Joaquina Ochoa, con quien tendría doce hijos. La unión llegaría a su fin tras dieciocho años, pues es entonces cuando la enfermedad mental empieza a atacarlo (Roselli, 1987).

El hechizo de la sirena: la enfermedad de Epifanio

Amelia era sencilla, dulce y buena;
murió, pero aquí vive, es mi consuelo,
y dice que estoy loco… esa es mi pena.

Epifanío Mejía, 1912

Epifanio presentó un primer acceso de agitación cuando tenía 32 años. Alucinaba con una supuesta musa que le colaboraba con sus poemas. Además, tiene manifestaciones de violencia contra sus hijos. Su hija Margarita recordaba, muchos años después, que la dolencia de su padre había empezado a manifestarse tras haber sido presa de una fuerte fiebre. Un mes más tarde el poeta se vio inmerso en una profunda melancolía, presagio de su mal (Restrepo, 1958).

En busca de alguna mejoría regresando al ambiente de su niñez, se trasladó a El Caunce (Yarumal) donde vivió tranquilo y sin aflicciones durante seis años. A finales de 1876, empieza a presentar algunos síntomas de aislamiento, autismo y ensimismamiento. Cerca de la vivienda, sus familiares lo hallaron jugando con la espuma del río y dirigiéndole tiernas palabras de amor. Los campesinos de la región aseguraban que el poeta había sido hechizado por una sirena (Roselli, 1987).

Las causas de la enfermedad eran un misterio: aparte de la sirena, se habló de un exceso de estudio y de trabajo, sus preocupaciones económicas, los antecedentes familiares, la composición de su poema Amelia e, incluso, la exasperación que le habría producido la frase “todos estamos locos menos mi amo Pacho Santamaría”, repetida sin cesar por la loca Dolores, pintoresco personaje de la localidad de Medellín (Roselli, 1987).

Hasta 1878 residirá en el manicomio, donde no gusta de las visitas prolongadas de sus conocidos y amigos. A partir de ese año se traslada a Yarumal con su madre, doña Luisa Quijano. Allí su actitud es de completo aislamiento, acompañado de impulsos agresivos hacia su familia y una falta de interés general (Restrepo, 1958).

El traslado definitivo al manicomio será inminente. De manera particular, la enfermedad de Epifanío se manifestaba de manera esporádica, pues su comportamiento era de común tranquilo y sosegado. A veces el poeta se veía atacado por accesos de extraño frenesí, como los describiera su biógrafo, el padre Félix Restrepo. El poeta pasaba gran parte del tiempo embebido en sus propias fantasías, creyéndose el autor de un poema alusivo a la historia del mundo o el Colón de la tierra de la Soledad, un continente fantástico donde “no hay tabaco, ni candela, ni periódicos y donde vive Zaida, que se viste de las flores del jardín y es como una rosa de Alejandría” (Restrepo, 1958).

El poeta había cultivado numerosas amistades durante su vida antes del desarrollo de la enfermedad. Así, varios intelectuales prestantes acudían al manicomio para saludarlo, inquirir sobre su estado de salud y deleitarse o inquietarse con sus ocurrencias y desvaríos. Juan de Dios Uribe y Antonio José Restrepo lo visitaron en 1893. Su aspecto era ya el de un viejo decrépito, cuya única entretención era fumar mientras reposaba en “una celda desmantelada con una cama por único mueble, en el suelo desnudo, de tierra bermeja” (Silva, 2000).

Pero ¿cuál era la verdadera enfermedad que aquejaba a Epifanio? En vida no se hizo ningún diagnóstico de su patología. Gracias a los testimonios que se conservan sobre el comportamiento del poeta, Humberto Roselli señala los aspectos más importantes de su mal: trastornos de pensamiento, delirios y alucinaciones. El único término médico que se le adjudicó a la enfermedad fue el de melancolía, entendida como una locura generalizada, concentración lúgubre del espíritu y carácter meditabundo. Afirma, además, que hoy en día se le hubiera catalogado como esquizofrénico, todavía una enfermedad de causas desconocidas y pronóstico reservado (Roselli, 1987).

 La lira muda: la poesía de Epifanio

 En Epifanio Mejía no hay que buscar otra cosa que sencillez y una disposición natural para descubrir los detalles de las cosas, fijarlos con propiedad y hacer pequeños cuadros esmerados. Sorprende la poesía en la Naturaleza, como diestro en sus secretos, pues es hijo de las montañas. No conoce sino su circuito y si quisiera ir muy lejos, su viaje sería desairado. Las pasiones humanas que estallan, los problemas sociales, la filosofía, el escenario de la historia, si los ha entrevisto son de un modo vago y no los recuerda. Es muy poco lo que sabe, como por propia experiencia, y a eso se atiene.

 Uribe (1913: 72)

 La obra de Mejía es verdaderamente reducida: durante su vida escribió apenas unos setenta poemas. Su producción intelectual se vio afectada por su declive mental, pues tras su ingreso al manicomio fueron pocos los versos que escribió, y de escaso valor literario. Sin embargo, algunas de sus primeras obras son las que le valieron el reconocimiento de sus contemporáneos y su entrada a la posteridad.

Ya en 1850, la lira del poeta había callado en razón de una circunstancia muy particular: la victoria del General Tomás Cipriano de Mosquera sobre el Estado antioqueño:

Es que mi Patria se lamenta y gime
como una niña en su prisión de hierro;
y sin llorar con mi querida Antioquia,
¡ay! ¡Yo no puedo levantar mi acento!
Epifanío Mejía (1860)

Tal es el caso de composiciones como La Muerte del Novillo (1868):

Ya prisionero y maniatado y triste
sobre la tierra quejumbroso brama
el más hermoso de la fértil vega
blanco novillo de tendidas astas.

Llega el verdugo de cuchillo armado;
el bruto ve con timidez el arma;
rompe el acero palpitantes nervios;
chorros de sangre la maleza esmaltan.

Retira el hombre el musculoso brazo;
el arma brilla purpurina y blanca;
se queja el bruto y forcejando tiembla,
el ojo enturbia… y la existencia exhala.

Restrepo divide la obra de Epifanio en ocho categorías particulares: poemas de la ternura, de la naturaleza, épicos, lúgubres, humorísticos, patrióticos, místicos y en categoría aparte el poema Amelia. Son recurrentes las temáticas naturales, históricas, religiosas y románticas dentro de sus versos. Su bucólica poesía da espacio a los animales, las montañas, los ríos y, en general, a la tranquila vida del campo que el poeta tanto amaba.

El poema que mejor ha resistido el paso del tiempo ha sido El canto del antioqueño (1968), que se convirtió en el himno del departamento de Antioquia, con la musicalización de Gonzalo Vidal en 1962:

IV
Yo que nací altivo y libre
sobre una sierra antioqueña
llevo el hierro entre las manos
porque en el cuello me pesa.
V
Nací sobre una montaña,
mi dulce madre me cuenta
que el sol alumbró mi cuna
sobre una pelada sierra.
VI
Nací libre como el viento
de las selvas antioqueñas
como el cóndor de los Andes
que de monte en monte vuela.

Resulta evidente porque Epifanio se ganó la admiración de todos sus coterráneos, e incluso se le puso al lado del bardo más insigne del departamento, don Gregorio Gutiérrez González. Ya en su momento, el Indio Uribe había emprendido una noble cruzada para enviar al poeta al mejor hospital europeo disponible, con tal de que se recuperara de su dolencia (Roselli, 1987).

Dicho viaje no pudo llevarse a cabo, puesto que quién se hallaba a la cabeza fue condenado al destierro. La población se movilizó por el poeta como quizás no se haya visto ni se verá de nuevo. Su tierra lo lloraría el 13 de julio de 1913, cuando murió tranquilamente después de haber recibido los sacramentos (Restrepo, 1958). No se olvida todavía, sin embargo, al poeta que supo honrar la cultura antioqueña, interpretar el sentir del pueblo y cantar con profundo afecto y sentido al campo, las montañas y sus trabajadores campesinos.

Referencias

Mejía, Epifanio. (2009). Obras completas. Caldas: Corporación Universitaria Lasallista.
Restrepo, F (1958). Poesías selectas de Epifanio Mejía. Bogotá: Imprenta Nacional.
Roselli, H. (1987). La locura de Epifanio y otros ensayos. Bogotá: Tercer Mundo.
Silva, V. (2000). Epifanio Mejía. En Anécdotas de la historia colombiana. Bogotá: Planeta.
Uribe, J. (1913). Sobre el yunque. Bogotá: Imprenta de la Tribuna.

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