Dualidad, Integridad: Rodrigo Arenas Betancourt


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Pocos días antes de la inauguración de la V Bienal de arte internacional de Suba, se reunieron en la Biblioteca “Francisco José de caldas” una gran cantidad de artistas plásticos, dirigentes culturales y, por invitación de Manolo Colmenares, llegué yo, que como siempre me siento como mosca en leche metiéndome en lo que no es lo mío, o acaso, quisiera que lo fuera. Sin embargo lo de mosca en leche cambió cuando de repente como una bella ilusión apareció Martha… se presentó y me dijo que ella era pintora y combinaba la pintura con la escritura.” Hay que ser integral y un artista o cualquier persona debe desarrollar todas las aptitudes posibles”, dijo alguien que escuchaba la conversación. De ahí, que un Odontólogo con su ciencia, técnica y la estética propia de la profesión, pueda hacer también un tartamudeo de escritor.

Días después en la inmensa soledad de la noche, entre los insomnios infinitos y sobre mi mesita de noche, vi un libro olvidado en un desorden de meses: “Crónica de la errancia del amor y de la muerte” de Rodrigo Arenas Betancourt. El escultor de Fredonia, Antioquia, tallador de cristos, ayudante de escultura de Bernardo Vieco, autor de “Prometeo” (Bogotá), “Bolívar desnudo” (Pereira), estatua del general “José María Córdoba” (Rionegro), “Monumento en el Pantano de Vargas” (Boyacá), “Tentación del hombre infinito” (Medellín) y “La Gaitana” (Neiva); también combinaba el cincel, la gurbia, la soldadura y la cera perdida con la literatura. Y él sí que escribía, hasta con la intención de la sobrevivencia económica en periódicos y revistas, faceta un poco desconocida de este gigante de la escultura colombiana y latinoamericana. En su autobiografía de “Crónicas de la enrancia, del amor y de la muerte” deja ver su pensamiento, sus sentimientos, su vagar de perpetuo errante desterrado, huyendo de sí mismo, de sus sombra, de su propio nombre y aún de sus propios pasos al igual que su admirado Porfirio Barba Jacob. Escribe “del amor o de la bestia”, “del combate por el sustento cotidiano” y “de la mórbida pasión por el arte”. Este libro fue publicado años antes de su vil secuestro y mejor para él, porque no pudo escribir el peor de sus sufrimientos.

En el amor se acerca al común de los hombres: “en el amor soy irracional e imbécil. Para mí todo es problema de mujer: la enfermedad, la religión, la tristeza, la soledad, la tierra, la supervivencia, el alcohol, la creación, la alegría, la fortuna, la muerte… todo es pura y punzante angustia de mujer. Ni un solo segundo sin pensar en “ella”.

“La única alegría total y absoluta con “ella” y en “ella”. En el fondo de los días de mendicidad, vivía y borbotaba “ella”. Tras de los rotundos fracasos en el trabajo del arte, alumbraba “ella”. Tras de todas las esculturas colocadas por mí en México, en Estados Unidos y Colombia, estaba “ella”. Todo está y estaría muerto sin “ella”.

“El amor me resulta una cobardía, un sometimiento a los brutales designios de la perpetuación de la especie. Con el mismo sentido de este puerco juego actúo en la creación.

Trato de fecundar, culposamente la materia.

Todo para mí es fecundación, acto de copulación. La mujer es un instrumento, la materia del arte es un instrumento. Nací para ver el mundo y gozar y sufrir y fecundar. Esto parece una metafísica del sexo masculino. En verdad lo es de la angustia. La creación, toda la creación me pone triste, animal y triste. Concluido el Bolívar, que es como un simulacro de creación, estoy más muerto y vacío que nunca.

Para mí el amor, la belleza y el arte van juntos y son inseparables”.

El maestro Rodrigo Arenas Betancourt recibió de manos de María Eunice Agudelo Puerta, su desconfiada amante, la lección más contundente y práctica del amor y de la vida, descontando de pleno las fastuosidades filosóficas, literarias y psicoanalíticas. Con quien Rodrigo andaba metido en esa época era con Freud, Nietzsche, Kierkegaard, San Agustín, Platón, Marx, Lou Salomé y hasta con el diablo.

“Vas llenando la casa con libros y papeles. Yo creo, mi cielo, que esa no es la vida. Mira, yo sé que la vida es que mis tetas llenan tus manos, mis nalgas llenan tus manos, mi boca sacia tu boca, mi cosita es exacta para la tuya. Yo sé eso, Rodrigo Arenas Betancourt, porque siento que tus manos, tentaculares y lascivas cubren totalmente mis tetas, mis nalgas, mi barriga. Siento que tú me llegas por abajo hasta el corazón.

Yo no voy a seguir con ese enredo de la cultura, del arte y de las pendejadas. Mira inocente, la vida es ese cerro: la vida es esa vaca parida y dando leche; la vida es ese palo dando naranjas.

Esa es la vida, lo demás son tonterias, cosas de brujos y de maricones”. “Mi mundo está visto a través de los ojos azules y límpidos de mi madre, que era una mujer campesina, profundamente religiosa, de temperamento inflexible y con una resistencia masculina para el trabajo, que se empeñaba en enseñar a leer humildes. La noción que tengo del sufrimiento, del llanto, de la angustia, la aprendí de ella, de su inmensa disposición para sufrir la adversidad. Desde entonces, para mí, el mundo es un verdadero “valle de lágrimas” y un paulatino peregrinar hacia la muerte.

Desde entonces sé, también, que no existe otro consuelo diferente al amor. Sé que por el amor vivimos, sé que por el amor sufrimos, sé que por el amor el espíritu se enciende, sé que por el amor estamos ligados todos los seres y todas las cosas”.

De lo cotidiano recuerda la miseria de su familia. “Se siente felicidad a veces viendo la vida en toda su agria y repelente magnitud. ¿Sabes? una de mis hermanas murió una noche en mis brazos, de inanición. A mis hermanos enfermos yo los cuidaba. Robaba comida en el mercado. Sufría y era feliz. No guardo ningún rencor” “Así he vivido… Así he vivido… Así he vivido… María Eunice Agudelo Puerta. Hechizado y delirante… Hechizado y gimiente… Hechizado y deicida… Así he vivido… Ebrio de Dios; ebrio de tus vegetales muslos; ebrio del arte y sus felonías; ebrio por todos los anhelos imposibles”.

Rodrigo Arenas Betancourt el escultor, el escritor.

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